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| “Por la libre 2297 del 2 de febrerodel 2020 Por Ignacio Cortés Morales 23.-
La intimidad de C Tras la partida del Escritor, C permaneció en esa biblioteca tan vasta como profunda, y en aquel lugar, la intimidad, la soledad, cerró la puerta, se sentó y echó hacia atrás, los recuerdos van llegando a su mente, la infancia sin padre que se había ido a los Estados Unidos, de donde no regresó, pues había formado otra familia, y el dinero fue siempre escaso, pero su madre nunca dejó de darles de comer en aquella casa pequeña que fue lo único que legó el hombre que los abandonó. Un día llegó la noticia de su muerte; su madre se los diría después, pero C se dio cuenta enseguida. La señora recibió un telegrama, mientras comían; después de leerlo, elevó la mirada, juntó las manos; habría pronunciado algunas palabras, quizá una oración, y se persignó; casi planchó con las manos el papel que lo volvió al sobre, se lo metió en una de las bolsas del delantal, secó alguna lagrima, se volvió. Ante la pregunta de la niña dijo que eran noticias de su padre, que decía que los quería mucho, que les pedía que no se abandonara la escuela, que fueran buenos niños, que hicieran sus quehaceres, que no dejaran de obedecer, que rezaran sus oraciones antes de dormir y que no lo olvidaran en ellas, que pidieran por él, que nunca dejaran de quererlo y que él, desde donde estuviera, les iba a cuidar; que lo perdonaran, que nunca quiso dejarlos, pero que le ganó el tiempo – ¿Tú lo quieres, mamá… todavía, aunque nos haya dejado y él se haya olvidado de nosotros?. – Él nunca se ha olvidado de nosotros. No sé quién te ha dicho esa mentira. A los padres no se les juzga. Por eso está tan mal nuestra juventud. Se erigen en grandes jueces y no hacen más que juzgar todo lo que hacen los padres, y siempre miran lo negativo; jamás se acuerdan del sacrificio que hacen, sus largas jornadas de trabajo para traer dinero a casa, soportar hasta injusticias para conservar el empleo y que no falte nada en la familia, aunque siempre falte casi todo, pero ahí están los padres a los que se les acusa de no comprender a los hijos, aunque los hijos jamás se tomaron la molestia de comprender a sus padres. Si falta dinero, el reproche, pero si llega, por jornadas extras o haciendo otros trabajos, no importa, no se dan las gracias. Su padre es un gran hombre y los quiere mucho. Se fue para darles un mejor nivel de vida y no deben defraudarlo. – Mamá, pero si no te manda dinero, si nos tiene abandonados a nuestra suerte desde hace ya mucho tiempo. – ¡Tú cómo sabes!. ¿De dónde crees que se compran los uniformes, los útiles y se saca para la comida?. Dios es muy generoso y jamás abandona a sus hijos, pero sus hijos tienen que trabajar para comprar lo que hace falta. No mi’jita, es su padre quien no deja de mandar dinero para lo que hace falta en esta casa que es y será siempre su casa para cuando decida regresar, y cuando lo haga, se le recibirá como el señor de la casa que es. – Mamá, eres tú la que gana ese dinero lavando y planchando ropa ajena, no mi padre. – Que no te vuelva a escuchar eso. Es cierto que gano un dinero lavando y planchando, pero tu padre también me manda dinero, y cuando me escribe, se acuerda de ustedes, y me pide que los cuide, que les dé muchos besos de su parte, que él los recuerda con mucho cariño, y que siente mucho estar lejos de ustedes. Que en las noches, cuando llega de trabajar, se sienta en la cama y ora mucho tiempo, y me dice que en sus sueños están ustedes con él y juegan en el patio mientras yo los veo desde la cocina, y les ayuda a hacer la tarea, y les enseña, porque su padre es un hombre muy preparado y les auxilia – Yo no me acuerdo que haya jugado con nosotros ni nos haya ayudado con las tareas. – Tú no te acuerdas, pero sí les ayudaba y jugaba con ustedes, y ahora los recuerda con mucho cariño, y dice que va a trabajar más duro para regresar pronto y abrazarlos y para no volver a dejarnos. Nosotros somos su familia y nos ama, y desde donde está siempre está al pendiente. A mí me pregunta cómo van a la escuela y los manda felicitar a ti y a tu hermano. Si hay un gran hombre en la tierra, es tu padre, y aunque no esté aquí, ustedes lo deben querer y guardar respeto y cariño. Tu padre se podrá equivocar, pero no lo hará de mala fe. Siempre buscará su bienestar, y está prohibido en esta casa hablar mal de su padre. Él los ama por encima de todas las cosas, así que a terminar de comer, a lavar los trastos y a hacer la tarea. Lavo la ropa y cuando esté planchando les ayudo. C intuía que su padre no era, ni remotamente, lo que les decía su madre, que en el vecindario se escuchaba que los había abandonado y que no mandaba dinero, que tenía otra familia, pero que la señora no quería mortificarlos; así lo oyó algunas veces en la tienda, en donde guardaban silencio las señoras cuando ella llegaba, pero ya las había oído, y algunas veces preguntaba a su madre que siempre desmentía las versiones y le decía que nunca se dejara llevar por chismes ni por intrigas, y cuando la madre se sentía acorralada con decir “yo soy tu madre y se me cree lo que le estoy diciendo, niña. No preste oídos a los chismeríos de las intrigosas y se acabó”. Ya sabía que la siguiente explicación de la madre sería con la chancla o con el cinturón, por lo que no insistió. Hizo como que le creía y salió al patio a jugar en el columpio que les hizo su madre con una tabla y un lazo que colgó del árbol que estaba en la mitad del patio, y ahí podía estar mucho tiempo, pensando, reflexionando sobre el padre que los había dejado, pero que su madre pedía que lo santificaran y que lo amaran. Nunca dijo nada en contra de él; si algo le dolía, se lo guardaba. Quizá por ello algunas veces se le encontró llorando en silencio, y siempre decía que una basurita se le metía a los ojos, tanto que C, alguna vez, le dijo: “mamá, ¿otra basurita se te metió en los ojos?”, y ella le respondió en tono ríspido, que sí, “aunque no lo creas, aunque lo digas en ese tono, y es la última vez que tolero que me hables así, a la otra te doy un revés. ¡Sólo esto faltaba!. Huelga decir que C nunca volvió a decir eso porque su madre sí le cumpliría; para eso no pediría permiso y sí le cruzaría la cara o la agarraría a cinturonazos, así que a callar. – ¿Mamá, que mi papá se murió?. – ¿Quién te dijo eso?. Desde luego que no, su padre está bien y pronto lo verás entrar por esa puerta. Ahora a lavarse las manos y a sentarse a la mesa que ya está lista la comida. Hice tus enchiladas que tanto te gustan, aunque sin pollo, porque cuando fui ya se había acabado, pero sí encontré crema y queso, mi’jita. – Gracias mamá. C sabía que no era cierto, que su mamá no tenía para el pollo porque cuando pasó por la tienda todavía había, pero no quiso mortificarla, y sobre su padre, tenía la certeza de que había muerto, pero la mamá no quería que sufrieran, que guardaran la esperanza de que algún día regresaría el padre ausente. También le servía como amenaza porque “a tu padre no le gustaría sabe lo que hiciste, así que voy a hacer de cuenta que no lo hiciste, pero si lo repites, se lo voy a contar, y no quiero pensar cómo te irá cuando regrese…”. Todos sabíamos la realidad, pero todos tomábamos lo que era conveniente. La figura del padre rondaba siempre, igual que las lecciones, como aquella tarde, al llegar de la escuela. C no se había dado cuenta que en el labio tenía chocolate y su madre le preguntó de dónde había sacado la golosina. Le dijo que había sido el cumpleaños de uno de sus compañeros y que sus papás le hicieron el festejo en el salón. La madre quedó satisfecha con la explicación, al menos dijo que sí, pero en eso jaló la silla y cayó al suelo la mochila de la niña y con ello algunas monedas rodaron por el suelo. – ¿También es por el cumpleaños de tu compañero?. – Mamá, no es lo que tú piensas. – ¿Qué crees que yo estoy pensando?. – Que me robé el peso. No es cierto. Me lo encontré en la escuela, en el patio. – Lo que se encuentre en el salón es de algún compañerito suyo, y lo que está en la escuela, es de alguien más, así que mañana se lo da a su maestra. – Es que no va a ser posible. – ¿Por qué no?. – Es que me gasté 20 centavos. – Yo te presto el dinero y lo devuelves. Me lo pagarás con tus domingos. Seguramente se refería mi mamá a la promesa de que en los domingos me daría dinero, pero siempre se pospusieron porque no había dinero en casa. Me pidió los 80 centavos y me dio el peso. Lo metió en un libro y que mañana lo entregara. Me miró a los ojos y me dijo, lo recuerdo muy bien: “Nunca mientas. La mentira es como el cobre que quiere pasar por oro, tarde o temprano se descubre, y para desgracia de la mentira, más temprano que tarde. ¿Estamos?”. C sintió un impulso, se paró del cómodo sillón y se dirigió a la salida. Al llegar, le estaban esperando el chofer y la dama de compañía, ambos asignados por el Escritor para lo que ella dispusiera. Pidió su coche, pero la señorita le recordó que las indicaciones del señor eran que fueran de compras y luego a despedirse de la madre. – Señorita C, necesito del trabajo, si usted no sigue las instrucciones me despedirán. Por favor, acompáñeme para que hagamos las compras. C sintió la angustia de la señorita, por lo que se dejó guiar y fueron a elegantes tiendas y se compró de todo, y el trajín sólo se interrupción para comer, y ya por la tarde-noche, pedió que la llevaran a su casa. Pidió subir sola, y aunque fue difícil convencer a la señorita, ésta accedió. C subió las escaleras y antes de entrar a casa llamó al Escritor y lo primero que le dijo es si era su novia o estaba secuestrada, porque la señorita no la dejaba ni a sol ni a sombra, a lo que el Escritor dijo que era su novia, y no fue difícil convencerlo que le permitiera pasar esa noche con su madre, a lo que él accedió más fácil de lo que suponía, quizá porque no olvidaba el trance de esa tarde en la casa de S, en donde su pasado lo volvió a tener presente, causándole profundo dolor que lo dejó agotado y sería necesario pasar esa noche solo, para reflexionar, para estar a solar y pensar mucho. C se sintió aliviada; oyó el arrancar del auto y entró a su casa; la mamá la esperaba y corrió a abrazarla: “Yo sabía que no te irías, que no podías hacerlo, que vendrías”. -No mamá, me voy a ir con el Escritor en dos semanas a lo sumo, pero, mientras, estaré aquí, si tú no dispones otra cosa. Regreso porque tampoco seré su esclava. Me pidió que me quedara en su casa y no lo haré. No seré su mujer hasta que nos vayamos. – Lo que tú digas, hija. Ésta es tu casa y dispón de ella lo que quieras y cuándo y cuánto quieras, por favor. – Gracias mamá. Cuando me vaya, el Escritor piensa que estarías mejor en una casa como tú la soñaste, con jardines… – Hija, no quiero nada de él… – Así lo pensé, pero no te preocupes, la casa te la compraré yo. Me dieron una cantidad importante por mi trabajo así que buscaremos, desde mañana, la casa de tus sueños. – Hija, pero yo no podré atenerla, ya no estoy en edad para subir y bajar y cuidar el jardín. – Lo sé, pero no te apures, el Escritor dispondrá de un grupo de personas que te cuidarán y se encargarán de la casa, así que no te apures. – No hija, el trato es contigo, no conmigo. Yo me quedaré aquí y con mi pensión me bastará para vivir. – Pero la casa tú siempre quisiste una grande, con jardín. – Desde luego, pero en los planes estabas tú, y no para que te quedaras siempre. Sé que un día te irás, es la ley de la vida, pero que estarías al pendiente de mí, que vendrías… – Mamá, me iré con el Escritor, vendré a verte dos veces al año. Él me ha dicho que puedo venir a verte cuantas veces lo quiera. – ¿Te vas a ir con él y sin casarte? – Mamá, por favor, eso no tiene importancia; estamos en otra época. – La decencia no es de ésta o de cualquier otra época; es de siempre; recuérdalo. – Mamá, no quiero discutir nada. Estoy muy cansada, me voy a dormir y mañana, en el desayuno lo platicamos. – ¿Dónde, cuándo y por qué te perdí?. – No me has perdido, ni me perderás. – Engáñate si quieres. Vete con él en estas condiciones, sin casarte. Serás la amante. Es más, aunque te casaras, serás la esposa de ocasión, pero un día, y pronto, te dejará. Así es él, como le hagas. – Estuviste hablando con S. – No hijita, S no ha platicado conmigo ni por teléfono, y si lo hiciéramos, no hablaríamos de ti. Él es un caballero, un hombre. No acudirá a la madre para que aconseje a la hija. – Es que es lo mismo que él me dice sobre el Escritor, que es su amigo desde hace muchos años. – Yo no soy su amiga, no lo conozco, pero así como te lo dibuja S, así es; así te lo dibujo yo. – Él me ama. – Sin duda, pero a su manera. Eres hermosa, distinguida, inteligente, con cultura. Vas a ser un lindo trofeo. Además lo amas. Es algo que él no ha disfrutado mucho. Él disfruta del placer de mujeres hermosas, pero no del amor. Tú le amas, o supones amarle. Tal vez sólo sea admiración, pero, bueno, lo que sientes por él es auténtico, es real. Si piensas que es suficiente, adelante. Después de un tiempo él te irá dejando por otras y no te quedará más que aguantar la realidad, quedarte callada ante la evidencia o reclamarle. Para él será igual dejarte en un año o en dos, cuando quiera. No lo vas a conquistar porque su naturaleza es libertina. La cabra tira al monte, hija. – Él me ama y mi amor lo atrapará. – No te voy a convencer y sólo te digo una cosa: vas a ser su amante mientras él quiera. Serás la amante de lujo, si quieres, si eso te consuela, pero de amante no pasarás. La madre la dejó en la mitad de la sala y se fue a la recámara. Había dicho lo suficiente. Entérese con Nacho Cortés, de lunes a viernes, a las 18 horas, por el 105.3 de su radio.”. Puedes elegir si quieres agregarla a tu biografía. |
| Ignacio escribió: “Por la libre 2297 del 2 de febrerodel 2020 Por Ignacio Cortés Morales 23.- La intimidad de C Tras la partida del Escritor, C permaneció en esa biblioteca tan vasta como profunda, y en aquel lugar, la intimidad, la soledad, cerró la puerta, se sentó y echó hacia atrás, los recuerdos van llegando a su mente, la infancia sin padre que se había ido a los Estados Unidos, de donde no regresó, pues había formado otra familia, y el dinero fue siempre escaso, pero su madre nunca dejó de darles de comer en aquella casa pequeña que fue lo único que legó el hombre que los abandonó. Un día llegó la noticia de su muerte; su madre se los diría después, pero C se dio cuenta enseguida. La señora recibió un telegrama, mientras comían; después de leerlo, elevó la mirada, juntó las manos; habría pronunciado algunas palabras, quizá una oración, y se persignó; casi planchó con las manos el papel que lo volvió al sobre, se lo metió en una de las bolsas del delantal, secó alguna lagrima, se volvió. Ante la pregunta de la niña dijo que eran noticias de su padre, que decía que los quería mucho, que les pedía que no se abandonara la escuela, que fueran buenos niños, que hicieran sus quehaceres, que no dejaran de obedecer, que rezaran sus oraciones antes de dormir y que no lo olvidaran en ellas, que pidieran por él, que nunca dejaran de quererlo y que él, desde donde estuviera, les iba a cuidar; que lo perdonaran, que nunca quiso dejarlos, pero que le ganó el tiempo – ¿Tú lo quieres, mamá… todavía, aunque nos haya dejado y él se haya olvidado de nosotros?. – Él nunca se ha olvidado de nosotros. No sé quién te ha dicho esa mentira. A los padres no se les juzga. Por eso está tan mal nuestra juventud. Se erigen en grandes jueces y no hacen más que juzgar todo lo que hacen los padres, y siempre miran lo negativo; jamás se acuerdan del sacrificio que hacen, sus largas jornadas de trabajo para traer dinero a casa, soportar hasta injusticias para conservar el empleo y que no falte nada en la familia, aunque siempre falte casi todo, pero ahí están los padres a los que se les acusa de no comprender a los hijos, aunque los hijos jamás se tomaron la molestia de comprender a sus padres. Si falta dinero, el reproche, pero si llega, por jornadas extras o haciendo otros trabajos, no importa, no se dan las gracias. Su padre es un gran hombre y los quiere mucho. Se fue para darles un mejor nivel de vida y no deben defraudarlo. – Mamá, pero si no te manda dinero, si nos tiene abandonados a nuestra suerte desde hace ya mucho tiempo. – ¡Tú cómo sabes!. ¿De dónde crees que se compran los uniformes, los útiles y se saca para la comida?. Dios es muy generoso y jamás abandona a sus hijos, pero sus hijos tienen que trabajar para comprar lo que hace falta. No mi’jita, es su padre quien no deja de mandar dinero para lo que hace falta en esta casa que es y será siempre su casa para cuando decida regresar, y cuando lo haga, se le recibirá como el señor de la casa que es. – Mamá, eres tú la que gana ese dinero lavando y planchando ropa ajena, no mi padre. – Que no te vuelva a escuchar eso. Es cierto que gano un dinero lavando y planchando, pero tu padre también me manda dinero, y cuando me escribe, se acuerda de ustedes, y me pide que los cuide, que les dé muchos besos de su parte, que él los recuerda con mucho cariño, y que siente mucho estar lejos de ustedes. Que en las noches, cuando llega de trabajar, se sienta en la cama y ora mucho tiempo, y me dice que en sus sueños están ustedes con él y juegan en el patio mientras yo los veo desde la cocina, y les ayuda a hacer la tarea, y les enseña, porque su padre es un hombre muy preparado y les auxilia – Yo no me acuerdo que haya jugado con nosotros ni nos haya ayudado con las tareas. – Tú no te acuerdas, pero sí les ayudaba y jugaba con ustedes, y ahora los recuerda con mucho cariño, y dice que va a trabajar más duro para regresar pronto y abrazarlos y para no volver a dejarnos. Nosotros somos su familia y nos ama, y desde donde está siempre está al pendiente. A mí me pregunta cómo van a la escuela y los manda felicitar a ti y a tu hermano. Si hay un gran hombre en la tierra, es tu padre, y aunque no esté aquí, ustedes lo deben querer y guardar respeto y cariño. Tu padre se podrá equivocar, pero no lo hará de mala fe. Siempre buscará su bienestar, y está prohibido en esta casa hablar mal de su padre. Él los ama por encima de todas las cosas, así que a terminar de comer, a lavar los trastos y a hacer la tarea. Lavo la ropa y cuando esté planchando les ayudo. C intuía que su padre no era, ni remotamente, lo que les decía su madre, que en el vecindario se escuchaba que los había abandonado y que no mandaba dinero, que tenía otra familia, pero que la señora no quería mortificarlos; así lo oyó algunas veces en la tienda, en donde guardaban silencio las señoras cuando ella llegaba, pero ya las había oído, y algunas veces preguntaba a su madre que siempre desmentía las versiones y le decía que nunca se dejara llevar por chismes ni por intrigas, y cuando la madre se sentía acorralada con decir “yo soy tu madre y se me cree lo que le estoy diciendo, niña. No preste oídos a los chismeríos de las intrigosas y se acabó”. Ya sabía que la siguiente explicación de la madre sería con la chancla o con el cinturón, por lo que no insistió. Hizo como que le creía y salió al patio a jugar en el columpio que les hizo su madre con una tabla y un lazo que colgó del árbol que estaba en la mitad del patio, y ahí podía estar mucho tiempo, pensando, reflexionando sobre el padre que los había dejado, pero que su madre pedía que lo santificaran y que lo amaran. Nunca dijo nada en contra de él; si algo le dolía, se lo guardaba. Quizá por ello algunas veces se le encontró llorando en silencio, y siempre decía que una basurita se le metía a los ojos, tanto que C, alguna vez, le dijo: “mamá, ¿otra basurita se te metió en los ojos?”, y ella le respondió en tono ríspido, que sí, “aunque no lo creas, aunque lo digas en ese tono, y es la última vez que tolero que me hables así, a la otra te doy un revés. ¡Sólo esto faltaba!. Huelga decir que C nunca volvió a decir eso porque su madre sí le cumpliría; para eso no pediría permiso y sí le cruzaría la cara o la agarraría a cinturonazos, así que a callar. – ¿Mamá, que mi papá se murió?. – ¿Quién te dijo eso?. Desde luego que no, su padre está bien y pronto lo verás entrar por esa puerta. Ahora a lavarse las manos y a sentarse a la mesa que ya está lista la comida. Hice tus enchiladas que tanto te gustan, aunque sin pollo, porque cuando fui ya se había acabado, pero sí encontré crema y queso, mi’jita. – Gracias mamá. C sabía que no era cierto, que su mamá no tenía para el pollo porque cuando pasó por la tienda todavía había, pero no quiso mortificarla, y sobre su padre, tenía la certeza de que había muerto, pero la mamá no quería que sufrieran, que guardaran la esperanza de que algún día regresaría el padre ausente. También le servía como amenaza porque “a tu padre no le gustaría sabe lo que hiciste, así que voy a hacer de cuenta que no lo hiciste, pero si lo repites, se lo voy a contar, y no quiero pensar cómo te irá cuando regrese…”. Todos sabíamos la realidad, pero todos tomábamos lo que era conveniente. La figura del padre rondaba siempre, igual que las lecciones, como aquella tarde, al llegar de la escuela. C no se había dado cuenta que en el labio tenía chocolate y su madre le preguntó de dónde había sacado la golosina. Le dijo que había sido el cumpleaños de uno de sus compañeros y que sus papás le hicieron el festejo en el salón. La madre quedó satisfecha con la explicación, al menos dijo que sí, pero en eso jaló la silla y cayó al suelo la mochila de la niña y con ello algunas monedas rodaron por el suelo. – ¿También es por el cumpleaños de tu compañero?. – Mamá, no es lo que tú piensas. – ¿Qué crees que yo estoy pensando?. – Que me robé el peso. No es cierto. Me lo encontré en la escuela, en el patio. – Lo que se encuentre en el salón es de algún compañerito suyo, y lo que está en la escuela, es de alguien más, así que mañana se lo da a su maestra. – Es que no va a ser posible. – ¿Por qué no?. – Es que me gasté 20 centavos. – Yo te presto el dinero y lo devuelves. Me lo pagarás con tus domingos. Seguramente se refería mi mamá a la promesa de que en los domingos me daría dinero, pero siempre se pospusieron porque no había dinero en casa. Me pidió los 80 centavos y me dio el peso. Lo metió en un libro y que mañana lo entregara. Me miró a los ojos y me dijo, lo recuerdo muy bien: “Nunca mientas. La mentira es como el cobre que quiere pasar por oro, tarde o temprano se descubre, y para desgracia de la mentira, más temprano que tarde. ¿Estamos?”. C sintió un impulso, se paró del cómodo sillón y se dirigió a la salida. Al llegar, le estaban esperando el chofer y la dama de compañía, ambos asignados por el Escritor para lo que ella dispusiera. Pidió su coche, pero la señorita le recordó que las indicaciones del señor eran que fueran de compras y luego a despedirse de la madre. – Señorita C, necesito del trabajo, si usted no sigue las instrucciones me despedirán. Por favor, acompáñeme para que hagamos las compras. C sintió la angustia de la señorita, por lo que se dejó guiar y fueron a elegantes tiendas y se compró de todo, y el trajín sólo se interrupción para comer, y ya por la tarde-noche, pedió que la llevaran a su casa. Pidió subir sola, y aunque fue difícil convencer a la señorita, ésta accedió. C subió las escaleras y antes de entrar a casa llamó al Escritor y lo primero que le dijo es si era su novia o estaba secuestrada, porque la señorita no la dejaba ni a sol ni a sombra, a lo que el Escritor dijo que era su novia, y no fue difícil convencerlo que le permitiera pasar esa noche con su madre, a lo que él accedió más fácil de lo que suponía, quizá porque no olvidaba el trance de esa tarde en la casa de S, en donde su pasado lo volvió a tener presente, causándole profundo dolor que lo dejó agotado y sería necesario pasar esa noche solo, para reflexionar, para estar a solar y pensar mucho. C se sintió aliviada; oyó el arrancar del auto y entró a su casa; la mamá la esperaba y corrió a abrazarla: “Yo sabía que no te irías, que no podías hacerlo, que vendrías”. -No mamá, me voy a ir con el Escritor en dos semanas a lo sumo, pero, mientras, estaré aquí, si tú no dispones otra cosa. Regreso porque tampoco seré su esclava. Me pidió que me quedara en su casa y no lo haré. No seré su mujer hasta que nos vayamos. – Lo que tú digas, hija. Ésta es tu casa y dispón de ella lo que quieras y cuándo y cuánto quieras, por favor. – Gracias mamá. Cuando me vaya, el Escritor piensa que estarías mejor en una casa como tú la soñaste, con jardines… – Hija, no quiero nada de él… – Así lo pensé, pero no te preocupes, la casa te la compraré yo. Me dieron una cantidad importante por mi trabajo así que buscaremos, desde mañana, la casa de tus sueños. – Hija, pero yo no podré atenerla, ya no estoy en edad para subir y bajar y cuidar el jardín. – Lo sé, pero no te apures, el Escritor dispondrá de un grupo de personas que te cuidarán y se encargarán de la casa, así que no te apures. – No hija, el trato es contigo, no conmigo. Yo me quedaré aquí y con mi pensión me bastará para vivir. – Pero la casa tú siempre quisiste una grande, con jardín. – Desde luego, pero en los planes estabas tú, y no para que te quedaras siempre. Sé que un día te irás, es la ley de la vida, pero que estarías al pendiente de mí, que vendrías… – Mamá, me iré con el Escritor, vendré a verte dos veces al año. Él me ha dicho que puedo venir a verte cuantas veces lo quiera. – ¿Te vas a ir con él y sin casarte? – Mamá, por favor, eso no tiene importancia; estamos en otra época. – La decencia no es de ésta o de cualquier otra época; es de siempre; recuérdalo. – Mamá, no quiero discutir nada. Estoy muy cansada, me voy a dormir y mañana, en el desayuno lo platicamos. – ¿Dónde, cuándo y por qué te perdí?. – No me has perdido, ni me perderás. – Engáñate si quieres. Vete con él en estas condiciones, sin casarte. Serás la amante. Es más, aunque te casaras, serás la esposa de ocasión, pero un día, y pronto, te dejará. Así es él, como le hagas. – Estuviste hablando con S. – No hijita, S no ha platicado conmigo ni por teléfono, y si lo hiciéramos, no hablaríamos de ti. Él es un caballero, un hombre. No acudirá a la madre para que aconseje a la hija. – Es que es lo mismo que él me dice sobre el Escritor, que es su amigo desde hace muchos años. – Yo no soy su amiga, no lo conozco, pero así como te lo dibuja S, así es; así te lo dibujo yo. – Él me ama. – Sin duda, pero a su manera. Eres hermosa, distinguida, inteligente, con cultura. Vas a ser un lindo trofeo. Además lo amas. Es algo que él no ha disfrutado mucho. Él disfruta del placer de mujeres hermosas, pero no del amor. Tú le amas, o supones amarle. Tal vez sólo sea admiración, pero, bueno, lo que sientes por él es auténtico, es real. Si piensas que es suficiente, adelante. Después de un tiempo él te irá dejando por otras y no te quedará más que aguantar la realidad, quedarte callada ante la evidencia o reclamarle. Para él será igual dejarte en un año o en dos, cuando quiera. No lo vas a conquistar porque su naturaleza es libertina. La cabra tira al monte, hija. – Él me ama y mi amor lo atrapará. – No te voy a convencer y sólo te digo una cosa: vas a ser su amante mientras él quiera. Serás la amante de lujo, si quieres, si eso te consuela, pero de amante no pasarás. La madre la dejó en la mitad de la sala y se fue a la recámara. Había dicho lo suficiente. Entérese con Nacho Cortés, de lunes a viernes, a las 18 horas, por el 105.3 de su radio.” |
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