“POR LA LIBRE” DEL PROFESOR IGNACIO CORTES MORALES

PERIODISTA IGNACIO CORTES MORALES>>

  Al fin C decidió su camino C salió; ya en la calle se lanzó a caminar, sin tener un sentido, ni un tiempo, sólo inició el andar, y después de un rato, como si despertara, se miró en una acera cualquiera, sólo con su bolso, y pensó en el regreso a casa, lo que, sin duda, alegraría a su madre, quien nunca estuvo de acuerdo en esa relación tan sórdida, por lo que sería bien recibida; así se lo hizo saber antes de salir, y si el retorno fuera tan cercano a la despedida, seguro que sería mejor recibido; querrá decir que no emprendió el viaje, que habría puesto fin a algo que no tuvo la aprobación de nadie, ni siquiera de ella, de la protagonista, la que se deslumbró del atractivo físico y del misterio, de los reflectores, pero, sobre todo, del talento, de la agilidad para dibujar sus personajes, historias, pasajes, descripciones, los sentimientos, la bohemia por tardes y noches, rodeados de personajes universales, y, el estar cerca del primer premio Nobel de literatura en el país, pero… no había base, era falso; el Escritor no lo era, al menos no tenía el talento que se expresaba en sus tantas páginas; una persona era la que le corregía los textos para dejarlos impecables, cerca del triunfo inédito en la nación, y que le había dejado ya millones de dólares, puesto que sus obras se leían por todo el mundo, las traducciones se hacían en uno y otros idiomas, y se disfrutaban; nadie se atrevió a criticar sus libros, y que el trazo de ellos fue ligero y fino, en esa dualidad, con esplendor, cuidando hasta la última palabra, que ni faltaran ni sobraran; la perfección andante, la mesura, la elegancia sin perder la fuerza en ninguno de los personajes, los de la alta y de las zonas bajas de la sociedad, pues no dejaban de ser ellos, propios en su entender, en todas las circunstancias, en las álgidas y en las tiernas y hasta en las, aparentemente, intrascendentes, pero que sirvieron para ligar una acción con otra, y en todos esos instantes, se sentía la perfección en el trazo y la abundancia de recursos que se da sólo en las plumas consagradas, las maduras, las que con una sola palabra dejan de manifiesto la personalidad de los hombres y mujeres de las obras, en un manjar suculento, sin una expresión de más, tampoco de menos, el exacto para hacer creíbles lo que ahí se había construido con una virtud especial, la libertad de los que transitaron por la historia, genuinos, sin traicionar su naturaleza, ni en las transiciones, las cuales llevan una lógica, con sus antecedentes que las justifican. Fue brutal el golpe de desilusión que le pulverizó, lo que escuchó hace unas horas, cuando se dejó al descubierto que el Escritor tenía en sus filas, a una correctora de los textos, prácticamente le rehacía el trabajo, aunque para él sólo era la que eslabonaba las situaciones, las armonizaba, le cuidaba aquellos errores, desde los normales de dedo, hasta los de sintaxis, llegado el momento. Siempre es importante otros ojos sobre los textos para que se ajusten las situaciones, para que vean lo que llega a escaparse al escritor, y una opinión puede hacer una obra común en una de mayor calidad, aceptó C, pero lo que había oído, dejó al descubierto un fraude y una injusticia, porque si alguien merecía la gloria, el dinero y los premios, era la correctora, pero no, era él quien quedaba con los triunfos, aunque se les pudieran catalogar de robados, pero sólo unas cuantas personas lo sabían, y C dio su palabra de honor de que no se sabría nada, al menos, por ella, jamás. Era como cuando se descubre una infidelidad, el ofendido no acepta las evidencias y se lanza contra el que se lo dice, y así sucedería con el público, porque, después de tantos años de conocer al Escritor, nadie iba a creer lo que escuchó C, ni siquiera si la propia correctora apareciera y lo dijera. Vendría el escándalo, pero pronto sería opacado por otra noticia igual o más fuerte, porque así es el devenir, no hay nada que perdure; saldrá nuevamente alguna vez, pero igual se apagará; el eterno candidato al Nobel saldría raspado, pero legalmente él era el autor, y la otra la correctora; aceptarlo no le traería mayores complicaciones; pronto se llegaría a la normalidad de los tiempos, después del escarnio de unos días. Ni siquiera a los allegados del Escritor convenía hacer más fuerte el escándalo, porque al triunfar él, iban muchos en el barco, vendrían los negocios; hay cercanías que dan el adicional, que suman; la fama de uno arrastra al grupo; así sucede en la política, igual en el universo de las finanzas, así que la punta de lanza estará resguardado, bien cuidado de un posible escándalo; pronto se le pondría a salvo y con ello, a salvo los que van con él. ¿Qué se diría si esos líderes de la política, las finanzas y la religión –pocos de ellos legítimos- tuvieran como el foco de sus atenciones a un farsante?. ¿No sería mejor para todos que el Escritor fuera realmente el que erigió sus obras desde la concepción hasta el acabado, aceptando los correctores que no dejan de formar parte del trajín literario?. Además, ¿quién dice que la correctora sólo esté en busca de fama y de dinero?, ¿quién dice que no está calumniando para obtener beneficios en publicidad y billetes verdes?. Era un caso perdido en el exterior, nadie lo iba a creer, por lo menos presentaría una serie de resistencias, algunas legítimas, aunque a C le marcó para siempre; nunca iba a olvidar ese incidente, el cual le llegó en el momento en el que tomaría la decisión más crucial para su vida; le iba a hacer bien. No ganaría nada con decirlo públicamente. Quizá el mundo se iba a deshacer de un farsante, se iba a hacer justicia a la mujer que era la que estructuraba las historias del Escritor; a C le constaba, pero no a los demás, y menos a los miles de lectores que se tenían en casi todos los países. Si el Escritor, dejara por un momento el cinismo que le cauteriza y se diera un tiro al conocerse la noticia, esa misma bala mataría a la correctora y a la propia C; todos se les echarían encima. Él quedaría como una víctima, y las dos mujeres como victimarias. Nadie les recibiría, y su vida sería su condena. Llevarían la cárcel por donde quiera que fueran; serían rechazadas por ser las causantes de que se acabara lo que, en realidad, era un globo inflado, pero nadie quiere que sea descubierto que el ídolo es sólo de barro. El mundo no sólo acepta los escándalos, los busca, los disfruta, pero toma partido, y en no pocas ocasiones, por el manipuleo que se hace de las cosas, de la información, el que dice la verdad queda como el demonio y es santo el mentiroso. Muy difícil que sea de otra manera, por eso hay tantos “líderes” mundiales que explotan y aniquilan a sus pueblos, pero son vistos como sus salvadores, por el manejo que se da a los hechos, por el trato que se les da, cubriendo la basura y exaltando lo que se quiere ver, aunque sea ficción, pero con maquillaje y tres verdades a medias, todo sale adelante Con estos pensamientos se detuvo, era un parque al que llegó porque estaba en el camino que recorrió como pudo hacerlo para otro lado, pero ahí, se sentó en una banca del lugar, uno de los más concurridos por los enamorados, por lo que las parejas transitaban de un lado para otro, tanto que hasta podría parecer blasfemia el estar en ese sitio sin tener pareja, por lo menos era una contradicción, un acto de antinatura, pero a C no lo sabía, y cuando se percató, no le interesó, se sentó y ya, sin mirar en realidad, aunque estaba cerca del centro de dicho parque, por lo que llenaba el olor de la abundante vegetación, plantas y árboles, todos abundantemente poblados de pajarillos que se manifestaban con sus trinos y su volar de un arbusto al otro; los perfumes de las flores, el devenir de los enamorados que, de vez en vez se detenían para contemplarse más que mirarse; y se estrechaban, se hacían cariños, se pagaban con la misma moneda, y recorrían cada parte de sus cuerpos; y no faltaban los más atrevidos, los que se apartaban de la indiscreción para explorarse hasta el último centímetro del otro, en un fuego incontenible por la juventud latente de quienes, flechados por el dios del amor. No podían esperar ni siquiera unas horas, menos el plazo que dictaba la “decencia” para llegar al amor tras la firma de papeles y las ceremonias; era pedir lo imposible, pues el amor, si no se desbordaba ese día, sería el siguiente, pero, en estas circunstancias, sería ese día, en ese instante, por mandato de erotismo, de Eros, el inquieto e incorregible ser del amor, no siempre oportuno en su llegada, muchas veces tomando por asalto los corazones de uno y de otro, pero siempre en su llegada, aún cuando al irse deje la nostalgia del amor perdido, el dolor por lo que no regresará, perdurará su aroma de alegría, y, en el futuro, cuando vuelvan a la memoria esos días, si bien alguna lágrima amenazará con salir, también una sonrisa, un suspiro. Será el oasis y hasta el paraíso, aunque fugaz. Aunque el amor sea borrascoso, imperfecto, con sus cosas detestable, si no se llegó a lo patológico, si no a la agresión, siempre el amor se queda en algún sitio, quizá recondito, pero no emprende la despedida total nunca, siempre habrá un suspiro por los buenos momentos, por el vino bebido, por los ojos que se quedaron impresos, por la palabra justa para aliviar un dolor, por la llamada que no se esperaba y que llegó y provocó una sonrisa y dio el ánimo para seguir adelante. Si ese amor se fue físicamente, nunca lo hará en el interior de quien lo vivió, hasta en tantos que se acumularon en la vida. El amor deja su presencia y no se va jamás, siempre queda algo de felicidad en algún lado cercano a nosotros, en un libro, una melodía, una frase, cualquier cosa, aunque, después del momento, lo volvemos a guardar, pero sabiendo siempre dónde se encuentra para volver a traerlo a nuestra presencia para aliviar el presente o hacerlo menos cuesta arriba. Los paseantes, los enamorados, todos iban de la mano o abrazados; se detenían, se besaban y seguían; alguno cortaba una flor, cuidando de no ser visto por la autoridad, y se la ponía en el cabello de ella para resaltar más la belleza de su dama, quien se dejaba consentir y premiaba con besos cada vez más libres, para que se sepa de su existencia en todo el universo, y C era testigo fiel de lo que sucedía en el lugar, y, al interiorizarse, le hubiera gustado estar ahí y ser la observada y no la observadora. Recordó cuando S le declaró su amor, la pista de baile, los aplausos, la persona que se acercó para decirle que estaban destinados el uno para el otro, y, al final, ahora, los dos tan lejos de sí, perdido el amor en algún lugar del tiempo, en un sitio por el que nunca se debió transitar, y no se sabe dónde había quedado, aunque sabía ella que él seguía con igual sensación desde siempre, incluso con sus dudas sobre la edad y todo aquello que ocasionó dificultades y discusiones sin. Ella, C, dejó de lado los subterfugios y se confesó que fue la aparición del Escritor lo que había dado fin a la relación, y fue ella, porque él le dijo que mientras viviera, le estaría a la espera, y se guardaba la esperanza de que fuera pronto su egreso; es más, que no emprendiera el viaje, que ella no se fuera, lo que sucedió en el último instante; así fue, así que la parte fuerte se cumplió como la profecía. Quizá fue la señal que esperaba, pensó ella. Por primera vez en mucho tiempo vio a S tan posible que se le vio en el rostro, abrió su bolso, leyó la carta de él y un punto final: “Sé feliz, nada me alegrará más que ello, que tu ausencia de mí sirva para que alcances lo que anhelas. Tienes todo el derecho a ser feliz, a encontrar lo que buscas, a que seas plena, a que no te queden con ganas de nada, ni que un día sientas que por haberte quedado conmigo alto te faltó. No quiero que así sea, no quiero que un día me lo digas, o, lo que es peor, no me lo digas, pero lo tengas presente en ti y, sin decírmelo, me lo reproches con sus actitudes, porque tampoco lo merezco porque te estoy franqueando el camino, dejándote libre. Conmigo no hay ningún compromiso que no se pueda romper”. “La más importante eres tú. No mires atrás, no me recuerdes si puedes. No me debes nada. Yo, en cambio, te debo todo, mi felicidad más grande, mi plenitud como hombre, mis días de ti, mis sueños que partieron de ti y se fueron contigo. No lo tomes como un reproche sino como un cumplido, como algo que te lo ganaste por lo que me entregaste” “No fuiste mi amor, eres el amor, lo propio, el desparpajo, lo sublime, lo serio, la risa que alguna vez se dio espontánea, como cuando me tropecé y caí. Tú te espantaste, pero al ver que no había pasado nada, te echaste a reír y no podías parar. Me avergoncé, pero al ver de qué manera tan sin importancia lo tomaste, también solté la risa, y cada vez que lo recordábamos sucedía lo mismo y me decías: ‘ya estás viejito’ y el momento lo disfrutaba porque re acercabas y me besabas y me hacías sentir tan joven que hubiera querido prolongar esos momentos para que nunca acabaran, pero, ya ves, no existen más. Así es la vida, nada es para siempre, pero por más que te alejes, siempre estaré a tu espera, aunque sólo sea para que me cuentes de tus cosas y tu felicidad al lado del Escritor, como tú le llamas”. “Que la vida no te dé decepciones, no lo mereces. Eres increíblemente tú que aunque estuvieras en la multitud, aunque no te conociera o aunque yo fuera ciego, te encontraría, te reconocería, y si fuera necesario, te salvaría aunque, en la vida real, hayas sido tú la que me salvo de la soledad y del trabajo productivo, pero monótono, y llegaste para reafirmar mis convicciones sociales, para agradecer a todos los que, viniendo de abajo, tienen el derecho de participar de la riqueza cuando una empresa da para ello, cu8ando ellos la construyeron en sí, su esfuerzo y su talento ahí están, en cada puerta, cada máquina, cada oficina, cada venta, cada logro, cada internacionalización está la mano de todos, y por eso, al morir, será de todos. Si tú quisieras regresar, serías la presidenta, pero sin derecho a venderla, sino a conservarla y acrecentarla para todos los que la hicieron grande, sobre todo tú a quien tanto te debemos por tu trabajo”. “Te amo; ¡vaya que si te amo!. Mi niña, así quiero llamarte hoy. Sé feliz, y si algún día quisieras, aquí estaré. Cuando me digan: ‘Señor, la señorita C acaba de llegar, ¿la hago pasar?. Y yo te recibiré como tú lo quieras, como tú lo necesites; pero como lo quieras estaré y me harás feliz. Nunca dudes en acudir a mí, o llamarme. Nunca diré una palabra que no quieras que te diga, nunca seré el inoportuno para hablarte de mi amor. Te responderé lo que desees. Soy más fuerte de lo que piensas, y sabré contenerme, te lo aseguro, por eso no tengas miedo”. “Nunca sobra la mano amiga que te diga lo necesario para recobrar el aliento y seguir” “Ve, el mundo te espera. Vas a triunfar al lado del Escritor. No sabes cuánto amor necesita. Tú le puedes devolver la confianza en el mundo, hacerle ver que si alguien le falló, no debe culpar a nadie más. Tú pueden hacerlo feliz. Sólo tú. No sabes cuánto me cuesta decir esto, pero no sería honesto si no te lo expusiera. Tu Escritor es tan frágil, pero tú lo puedes hacer fuerte”. “Vete, sé feliz, lo vas a lograr, con la confianza de que pase lo que sea, yo estaré aquí, a tu espera para desempeñar el papel que tú creas conveniente”. “Ya sabes: ADIÓS y lo que ello significa. Tengo tanto qué agradecerte. Te amo”. C se levantó de la banca y caminó rápido hacia la salida del parque, la decisión la tomó en ese instante: iría a ver a S, le pediría que se dieran una oportunidad y que pusieran el empeño entero en ser felices por el resto de sus días. Si él le dijo que la esperaría, así sería, pues le amaba y no tendría ninguna importancia la relación que ella tuvo con quien estaba cerca del Nobel, porque, entre adultos, el resultado final es lo que cuenta y ella está cierta, ahora, de lo que quiere, y sin dar paso atrás, pues sabía que con un poco de empeño, todo se pondría en su lugar. Era la última oportunidad y ninguno querría dejarla ir sin más. Salió, buscó un taxi y casi enseguida lo abordó, le dio la dirección y a la oficina, no a la casa de él, porque, conociéndolo, a esas horas ya estaría en el trabajo, y no pasaría por su casa para arreglarse, pues la belleza se había estacionado en ella, así que con un poco de arreglo, estaría a la altura de las circunstancias, hermosa como siempre, y el vestuario le quedaba a la perfección para resaltar sus atributos tan especiales, de siempre Llegó pronto. Enfrente de la empresa, con toda la decisión, subió las tres escaleras. S, por las cámaras de seguridad, seguro que sabe de su presencia, pero no bajó… Nos escuchamos en Entérese, de lunes a viernes, de 18 a 19 horas; Radio Capital 105.3″. Puedes elegir si quieres agregarla a tu biografía.
Nacho escribió: “Por la libre 2371 del 19de abril del 2020 Por Ignacio Cortés Morales 32- Al fin C decidió su camino C salió; ya en la calle se lanzó a caminar, sin tener un sentido, ni un tiempo, sólo inició el andar, y después de un rato, como si despertara, se miró en una acera cualquiera, sólo con su bolso, y pensó en el regreso a casa, lo que, sin duda, alegraría a su madre, quien nunca estuvo de acuerdo en esa relación tan sórdida, por lo que sería bien recibida; así se lo hizo saber antes de salir, y si el retorno fuera tan cercano a la despedida, seguro que sería mejor recibido; querrá decir que no emprendió el viaje, que habría puesto fin a algo que no tuvo la aprobación de nadie, ni siquiera de ella, de la protagonista, la que se deslumbró del atractivo físico y del misterio, de los reflectores, pero, sobre todo, del talento, de la agilidad para dibujar sus personajes, historias, pasajes, descripciones, los sentimientos, la bohemia por tardes y noches, rodeados de personajes universales, y, el estar cerca del primer premio Nobel de literatura en el país, pero… no había base, era falso; el Escritor no lo era, al menos no tenía el talento que se expresaba en sus tantas páginas; una persona era la que le corregía los textos para dejarlos impecables, cerca del triunfo inédito en la nación, y que le había dejado ya millones de dólares, puesto que sus obras se leían por todo el mundo, las traducciones se hacían en uno y otros idiomas, y se disfrutaban; nadie se atrevió a criticar sus libros, y que el trazo de ellos fue ligero y fino, en esa dualidad, con esplendor, cuidando hasta la última palabra, que ni faltaran ni sobraran; la perfección andante, la mesura, la elegancia sin perder la fuerza en ninguno de los personajes, los de la alta y de las zonas bajas de la sociedad, pues no dejaban de ser ellos, propios en su entender, en todas las circunstancias, en las álgidas y en las tiernas y hasta en las, aparentemente, intrascendentes, pero que sirvieron para ligar una acción con otra, y en todos esos instantes, se sentía la perfección en el trazo y la abundancia de recursos que se da sólo en las plumas consagradas, las maduras, las que con una sola palabra dejan de manifiesto la personalidad de los hombres y mujeres de las obras, en un manjar suculento, sin una expresión de más, tampoco de menos, el exacto para hacer creíbles lo que ahí se había construido con una virtud especial, la libertad de los que transitaron por la historia, genuinos, sin traicionar su naturaleza, ni en las transiciones, las cuales llevan una lógica, con sus antecedentes que las justifican. Fue brutal el golpe de desilusión que le pulverizó, lo que escuchó hace unas horas, cuando se dejó al descubierto que el Escritor tenía en sus filas, a una correctora de los textos, prácticamente le rehacía el trabajo, aunque para él sólo era la que eslabonaba las situaciones, las armonizaba, le cuidaba aquellos errores, desde los normales de dedo, hasta los de sintaxis, llegado el momento. Siempre es importante otros ojos sobre los textos para que se ajusten las situaciones, para que vean lo que llega a escaparse al escritor, y una opinión puede hacer una obra común en una de mayor calidad, aceptó C, pero lo que había oído, dejó al descubierto un fraude y una injusticia, porque si alguien merecía la gloria, el dinero y los premios, era la correctora, pero no, era él quien quedaba con los triunfos, aunque se les pudieran catalogar de robados, pero sólo unas cuantas personas lo sabían, y C dio su palabra de honor de que no se sabría nada, al menos, por ella, jamás. Era como cuando se descubre una infidelidad, el ofendido no acepta las evidencias y se lanza contra el que se lo dice, y así sucedería con el público, porque, después de tantos años de conocer al Escritor, nadie iba a creer lo que escuchó C, ni siquiera si la propia correctora apareciera y lo dijera. Vendría el escándalo, pero pronto sería opacado por otra noticia igual o más fuerte, porque así es el devenir, no hay nada que perdure; saldrá nuevamente alguna vez, pero igual se apagará; el eterno candidato al Nobel saldría raspado, pero legalmente él era el autor, y la otra la correctora; aceptarlo no le traería mayores complicaciones; pronto se llegaría a la normalidad de los tiempos, después del escarnio de unos días. Ni siquiera a los allegados del Escritor convenía hacer más fuerte el escándalo, porque al triunfar él, iban muchos en el barco, vendrían los negocios; hay cercanías que dan el adicional, que suman; la fama de uno arrastra al grupo; así sucede en la política, igual en el universo de las finanzas, así que la punta de lanza estará resguardado, bien cuidado de un posible escándalo; pronto se le pondría a salvo y con ello, a salvo los que van con él. ¿Qué se diría si esos líderes de la política, las finanzas y la religión –pocos de ellos legítimos- tuvieran como el foco de sus atenciones a un farsante?. ¿No sería mejor para todos que el Escritor fuera realmente el que erigió sus obras desde la concepción hasta el acabado, aceptando los correctores que no dejan de formar parte del trajín literario?. Además, ¿quién dice que la correctora sólo esté en busca de fama y de dinero?, ¿quién dice que no está calumniando para obtener beneficios en publicidad y billetes verdes?. Era un caso perdido en el exterior, nadie lo iba a creer, por lo menos presentaría una serie de resistencias, algunas legítimas, aunque a C le marcó para siempre; nunca iba a olvidar ese incidente, el cual le llegó en el momento en el que tomaría la decisión más crucial para su vida; le iba a hacer bien. No ganaría nada con decirlo públicamente. Quizá el mundo se iba a deshacer de un farsante, se iba a hacer justicia a la mujer que era la que estructuraba las historias del Escritor; a C le constaba, pero no a los demás, y menos a los miles de lectores que se tenían en casi todos los países. Si el Escritor, dejara por un momento el cinismo que le cauteriza y se diera un tiro al conocerse la noticia, esa misma bala mataría a la correctora y a la propia C; todos se les echarían encima. Él quedaría como una víctima, y las dos mujeres como victimarias. Nadie les recibiría, y su vida sería su condena. Llevarían la cárcel por donde quiera que fueran; serían rechazadas por ser las causantes de que se acabara lo que, en realidad, era un globo inflado, pero nadie quiere que sea descubierto que el ídolo es sólo de barro. El mundo no sólo acepta los escándalos, los busca, los disfruta, pero toma partido, y en no pocas ocasiones, por el manipuleo que se hace de las cosas, de la información, el que dice la verdad queda como el demonio y es santo el mentiroso. Muy difícil que sea de otra manera, por eso hay tantos “líderes” mundiales que explotan y aniquilan a sus pueblos, pero son vistos como sus salvadores, por el manejo que se da a los hechos, por el trato que se les da, cubriendo la basura y exaltando lo que se quiere ver, aunque sea ficción, pero con maquillaje y tres verdades a medias, todo sale adelante Con estos pensamientos se detuvo, era un parque al que llegó porque estaba en el camino que recorrió como pudo hacerlo para otro lado, pero ahí, se sentó en una banca del lugar, uno de los más concurridos por los enamorados, por lo que las parejas transitaban de un lado para otro, tanto que hasta podría parecer blasfemia el estar en ese sitio sin tener pareja, por lo menos era una contradicción, un acto de antinatura, pero a C no lo sabía, y cuando se percató, no le interesó, se sentó y ya, sin mirar en realidad, aunque estaba cerca del centro de dicho parque, por lo que llenaba el olor de la abundante vegetación, plantas y árboles, todos abundantemente poblados de pajarillos que se manifestaban con sus trinos y su volar de un arbusto al otro; los perfumes de las flores, el devenir de los enamorados que, de vez en vez se detenían para contemplarse más que mirarse; y se estrechaban, se hacían cariños, se pagaban con la misma moneda, y recorrían cada parte de sus cuerpos; y no faltaban los más atrevidos, los que se apartaban de la indiscreción para explorarse hasta el último centímetro del otro, en un fuego incontenible por la juventud latente de quienes, flechados por el dios del amor. No podían esperar ni siquiera unas horas, menos el plazo que dictaba la “decencia” para llegar al amor tras la firma de papeles y las ceremonias; era pedir lo imposible, pues el amor, si no se desbordaba ese día, sería el siguiente, pero, en estas circunstancias, sería ese día, en ese instante, por mandato de erotismo, de Eros, el inquieto e incorregible ser del amor, no siempre oportuno en su llegada, muchas veces tomando por asalto los corazones de uno y de otro, pero siempre en su llegada, aún cuando al irse deje la nostalgia del amor perdido, el dolor por lo que no regresará, perdurará su aroma de alegría, y, en el futuro, cuando vuelvan a la memoria esos días, si bien alguna lágrima amenazará con salir, también una sonrisa, un suspiro. Será el oasis y hasta el paraíso, aunque fugaz. Aunque el amor sea borrascoso, imperfecto, con sus cosas detestable, si no se llegó a lo patológico, si no a la agresión, siempre el amor se queda en algún sitio, quizá recondito, pero no emprende la despedida total nunca, siempre habrá un suspiro por los buenos momentos, por el vino bebido, por los ojos que se quedaron impresos, por la palabra justa para aliviar un dolor, por la llamada que no se esperaba y que llegó y provocó una sonrisa y dio el ánimo para seguir adelante. Si ese amor se fue físicamente, nunca lo hará en el interior de quien lo vivió, hasta en tantos que se acumularon en la vida. El amor deja su presencia y no se va jamás, siempre queda algo de felicidad en algún lado cercano a nosotros, en un libro, una melodía, una frase, cualquier cosa, aunque, después del momento, lo volvemos a guardar, pero sabiendo siempre dónde se encuentra para volver a traerlo a nuestra presencia para aliviar el presente o hacerlo menos cuesta arriba. Los paseantes, los enamorados, todos iban de la mano o abrazados; se detenían, se besaban y seguían; alguno cortaba una flor, cuidando de no ser visto por la autoridad, y se la ponía en el cabello de ella para resaltar más la belleza de su dama, quien se dejaba consentir y premiaba con besos cada vez más libres, para que se sepa de su existencia en todo el universo, y C era testigo fiel de lo que sucedía en el lugar, y, al interiorizarse, le hubiera gustado estar ahí y ser la observada y no la observadora. Recordó cuando S le declaró su amor, la pista de baile, los aplausos, la persona que se acercó para decirle que estaban destinados el uno para el otro, y, al final, ahora, los dos tan lejos de sí, perdido el amor en algún lugar del tiempo, en un sitio por el que nunca se debió transitar, y no se sabe dónde había quedado, aunque sabía ella que él seguía con igual sensación desde siempre, incluso con sus dudas sobre la edad y todo aquello que ocasionó dificultades y discusiones sin. Ella, C, dejó de lado los subterfugios y se confesó que fue la aparición del Escritor lo que había dado fin a la relación, y fue ella, porque él le dijo que mientras viviera, le estaría a la espera, y se guardaba la esperanza de que fuera pronto su egreso; es más, que no emprendiera el viaje, que ella no se fuera, lo que sucedió en el último instante; así fue, así que la parte fuerte se cumplió como la profecía. Quizá fue la señal que esperaba, pensó ella. Por primera vez en mucho tiempo vio a S tan posible que se le vio en el rostro, abrió su bolso, leyó la carta de él y un punto final: “Sé feliz, nada me alegrará más que ello, que tu ausencia de mí sirva para que alcances lo que anhelas. Tienes todo el derecho a ser feliz, a encontrar lo que buscas, a que seas plena, a que no te queden con ganas de nada, ni que un día sientas que por haberte quedado conmigo alto te faltó. No quiero que así sea, no quiero que un día me lo digas, o, lo que es peor, no me lo digas, pero lo tengas presente en ti y, sin decírmelo, me lo reproches con sus actitudes, porque tampoco lo merezco porque te estoy franqueando el camino, dejándote libre. Conmigo no hay ningún compromiso que no se pueda romper”. “La más importante eres tú. No mires atrás, no me recuerdes si puedes. No me debes nada. Yo, en cambio, te debo todo, mi felicidad más grande, mi plenitud como hombre, mis días de ti, mis sueños que partieron de ti y se fueron contigo. No lo tomes como un reproche sino como un cumplido, como algo que te lo ganaste por lo que me entregaste” “No fuiste mi amor, eres el amor, lo propio, el desparpajo, lo sublime, lo serio, la risa que alguna vez se dio espontánea, como cuando me tropecé y caí. Tú te espantaste, pero al ver que no había pasado nada, te echaste a reír y no podías parar. Me avergoncé, pero al ver de qué manera tan sin importancia lo tomaste, también solté la risa, y cada vez que lo recordábamos sucedía lo mismo y me decías: ‘ya estás viejito’ y el momento lo disfrutaba porque re acercabas y me besabas y me hacías sentir tan joven que hubiera querido prolongar esos momentos para que nunca acabaran, pero, ya ves, no existen más. Así es la vida, nada es para siempre, pero por más que te alejes, siempre estaré a tu espera, aunque sólo sea para que me cuentes de tus cosas y tu felicidad al lado del Escritor, como tú le llamas”. “Que la vida no te dé decepciones, no lo mereces. Eres increíblemente tú que aunque estuvieras en la multitud, aunque no te conociera o aunque yo fuera ciego, te encontraría, te reconocería, y si fuera necesario, te salvaría aunque, en la vida real, hayas sido tú la que me salvo de la soledad y del trabajo productivo, pero monótono, y llegaste para reafirmar mis convicciones sociales, para agradecer a todos los que, viniendo de abajo, tienen el derecho de participar de la riqueza cuando una empresa da para ello, cu8ando ellos la construyeron en sí, su esfuerzo y su talento ahí están, en cada puerta, cada máquina, cada oficina, cada venta, cada logro, cada internacionalización está la mano de todos, y por eso, al morir, será de todos. Si tú quisieras regresar, serías la presidenta, pero sin derecho a venderla, sino a conservarla y acrecentarla para todos los que la hicieron grande, sobre todo tú a quien tanto te debemos por tu trabajo”. “Te amo; ¡vaya que si te amo!. Mi niña, así quiero llamarte hoy. Sé feliz, y si algún día quisieras, aquí estaré. Cuando me digan: ‘Señor, la señorita C acaba de llegar, ¿la hago pasar?. Y yo te recibiré como tú lo quieras, como tú lo necesites; pero como lo quieras estaré y me harás feliz. Nunca dudes en acudir a mí, o llamarme. Nunca diré una palabra que no quieras que te diga, nunca seré el inoportuno para hablarte de mi amor. Te responderé lo que desees. Soy más fuerte de lo que piensas, y sabré contenerme, te lo aseguro, por eso no tengas miedo”. “Nunca sobra la mano amiga que te diga lo necesario para recobrar el aliento y seguir” “Ve, el mundo te espera. Vas a triunfar al lado del Escritor. No sabes cuánto amor necesita. Tú le puedes devolver la confianza en el mundo, hacerle ver que si alguien le falló, no debe culpar a nadie más. Tú pueden hacerlo feliz. Sólo tú. No sabes cuánto me cuesta decir esto, pero no sería honesto si no te lo expusiera. Tu Escritor es tan frágil, pero tú lo puedes hacer fuerte”. “Vete, sé feliz, lo vas a lograr, con la confianza de que pase lo que sea, yo estaré aquí, a tu espera para desempeñar el papel que tú creas conveniente”. “Ya sabes: ADIÓS y lo que ello significa. Tengo tanto qué agradecerte. Te amo”. C se levantó de la banca y caminó rápido hacia la salida del parque, la decisión la tomó en ese instante: iría a ver a S, le pediría que se dieran una oportunidad y que pusieran el empeño entero en ser felices por el resto de sus días. Si él le dijo que la esperaría, así sería, pues le amaba y no tendría ninguna importancia la relación que ella tuvo con quien estaba cerca del Nobel, porque, entre adultos, el resultado final es lo que cuenta y ella está cierta, ahora, de lo que quiere, y sin dar paso atrás, pues sabía que con un poco de empeño, todo se pondría en su lugar. Era la última oportunidad y ninguno querría dejarla ir sin más. Salió, buscó un taxi y casi enseguida lo abordó, le dio la dirección y a la oficina, no a la casa de él, porque, conociéndolo, a esas horas ya estaría en el trabajo, y no pasaría por su casa para arreglarse, pues la belleza se había estacionado en ella, así que con un poco de arreglo, estaría a la altura de las circunstancias, hermosa como siempre, y el vestuario le quedaba a la perfección para resaltar sus atributos tan especiales, de siempre Llegó pronto. Enfrente de la empresa, con toda la decisión, subió las tres escaleras. S, por las cámaras de seguridad, seguro que sabe de su presencia, pero no bajó… Nos escuchamos en Entérese, de lunes a viernes, de 18 a 19 horas; Radio Capital 105.3”
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