Las Crónicas de Edmundo Castañeda: Ferretería “El Gallito”

  1. PERIODISTA Y COMENTARISTA
  2. EDMUNDO CASTAÑEDA>>

LA CIUDAD SIGUE CAMBIANDO>>

Ya lo comenté en ocasiones anteriores respecto a los pequeños negocios, de tradición en Cuernavaca, los cuales ya no existen. Recientemente noté la ausencia de un par de ellos. Habiendo la necesidad de comprar algunas piezas para instalación de gas y estando en el centro citadino recordé que en la Calle de Degollado ya no venden ese tipo de mercancía. ¡Ah!, me dije a mí mismo, pero cerquita de la Plazuela del Zacate está la Ferretería El Gallito.
Al llegar al lugar, hace unos diez días aproximadamente, me encontré abierta sólamente una de las dos cortinas de fierro y adentro a una mujer y un hombre. Este último me indicó: “Estamos rematando la mercancía”. No tenían las piezas para gas que yo buscaba. Sin embargo alcanzó a decirme. “La ferretería abrió en 1955, yo tenía unos 14 ó 15 años. También estuvo en la calle de Clavijero”. No me comentó más. Había un dejo de tristeza en su rostro.
Con anterioridad, no hace más de diez años, la sucursal de El gallito de El Calvario (al principio de la calle de Matamoros) también cerró sus puertas.
Y la última desaparición de un establecimiento relacionada con quienes comemos tacos “acorazados” es la de “El auténtico acorazado” de los Valencia cuyo último domicilio fue en un pasaje ubicado enfrente del Edificio del gobierno de Morelos, sobre la Calle de Hermenegildo Galeana. Ayer miércoles fui con la idea de comprar un taco y un refresco y ¡oh, decepción! Encontré el local vacío. Pensaba pedirle permiso a uno de los encargados para tomarle una foto a una manta impresa con la historia de ese negocio.
En 1975 el abuelo de quienes atendían en la actualidad “El auténtico acorazado” tenía el expendio de alimentos sobre la calle de Rayón casi esquina con Galeana. A las ocho y media o nueve de la mañana, enfrente de la vitrina donde había una canasta con el arroz y los guisados de torta de carne, papa, chile relleno, cecina y otros había un pequeño tumulto de comensales ansiosos por llevarse sus tacos.
-¡Yo llegué primero!, expresaba algún cliente quien se consideraba desplazado por otro a quien ya le iban a despachar.
-¡Espérese –le respondía malhumorado el señor Valencia quien ya tenía sus canas y poco pelo- ¡si no le gusta, váyase!
Pero nadie se iba porque la calidad de sus tacos era indiscutible. ¿El precio? Cinco pesos, cuando el salario mínimo era aproximadamente de $32.50 (Treinta y dos pesos cincuenta centavos). Ahora todo eso forma parte del recuerdo, porque la ciudad sigue cambiando…Buenos días.

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