“POR LA LIBRE” DEL PROFESOR IGNACIO CORTES MORALES

PERIODISTA IGNACIO CORTES MORALES>>
 

Por la libre 2102 del 21de julio del 2019 Por Ignacio Cortés Morales>>

1.- Me dijiste que vendrías>>

Me dijiste que vendrías, que subirías a mi departamento a las tales horas; que llegarías para siempre, que no te irías nunca; por ello es que me levanté temprano para fabricar el instante del encuentro, en la hora en que cruzarás la puerta y te recibiré sin polvo por ningún rincón de la habitación porque yo lo quitaré, como toda la pelusa que encuentre y que la eliminaré como espero eliminar mi soledad de los tantos años de espera para que tú, a la que siempre tuve un lugar especial, entres a mi vida para ser parte de ella en una etapa en la que quizá no sea propia, pero que siempre supe que llegaría, que alimentaría el interior y que iluminaría el exterior del que te apropiarías desde ese instante en que te vea deslizarte por la habitación diciendo “es la hora; llegué al fin porque, igual que tú, el vacío que llevo reclamaba tus manos, tu voz, tu espíritu; te reclamaba a ti para fundirnos en un solo número, único para no volver a ser distintos sino sólo uno en el unirse de ti para conmigo”.

El hilo del pensamiento se debe guardar para dejar a la hora señalada que las palabras improvisen lo que tienen que decirse y que no se han dicho más que en la imaginación de las noches tan solas, acompañadas de días iguales, siempre tan vacíos.

Hoy recorro hasta el recóndito lugar, y si es necesario pactar con las cucarachas para que no crucen la sala ni la cocina, lo hago; que no pasen nunca por el sitio del que se apropian sin pedir permiso, como en las casas de todos, pero no en la mía, no en esta noche; que hoy entiendan que quiero estar a solas contigo, que para ti iluminé el espacio, para que tú te apropies de él y le des los colores y su intensidad que a ti te acomoden, te sean tan propios.

No se escapará ningún lugar sin que pase el trapo y se limpie, se deje listo para que tú pongas tus manos y no haya polvo, ni nada que las ensucie al pasarlas, y cuando yo las tome sean de un tierno tan tuyo, inmaculado, y que les tome para trasmitirte mi sentimiento, el que guardé en tal punto para que sólo tú lo descubrieras poco a poco y le dieras la vida que más te acomode, y que hoy, a esas x horas de la noche, le des la libertad de manifestarse.

Y cuido lo que hemos de comer y de beber, en una mesa de pocas dimensiones para que estemos juntos y pueda mirarte, llevarte a mi interior hasta tenerte toda en mí, pero sin quitarte un hálito de libertad que te es tan reclamado, porque de no ser así no serías tú.

Las cortinas nuevas se recorren para que la luz se impregne en la habitación y será la única invitada a este encuentro tan anhelado tras una larga espera que hoy llega a su fin, ¿pues tú vendrás, verdad?. Hoy sí vendrás, tienes que venir, lo has prometido; así lo siento, y no habrá prórroga, ¿verdad que no la habrá?. ¡No la habrá!. No hay razón para que no te vea llegar, entrar a mi vida aunque no sé si te merezco, siendo tú de esa estatura y de ese vivir sin cadenas ni ataduras, de espíritu abierto y alas incansables, y te prometo que no te quitaré tu libertad, pero llega, no me dejes esperando que este día se creo para ti y para mí; están destinados para los dos todos los sesenta segundos de los 60 minutos de las 24 horas para tocarte suave, apenas al tacto, a las manos y los labios, sin que la vista sea necesaria porque te llevo en mí, y podré adivinarte sin mirarte, sin profanarte, y sin decir nada, pues las palabras, por lo tan dichas, son tan vulgares como poco trascendentes, pues cuando los espíritus se unen, todo lo otro es secundario, y sin decir ni hacer nada, sin ninguna declaración de amor, el amor estará presente, pues, como lo dice Cortázar, “no haremos el amor/ él nos hará”, e inventará lo que se debe hacer para llegar al éxtasis.

La hora se acerca, la impaciencia me come, y digo para mis adentros que debe atender los detalles; las velas, el rocío perfumado para la recámara, la suavidad de las colchas, los pétalos que forman un camino que después llega a la bañera, para la que dejo la llave abierta, tan solo un goteo ahora que no debes tardar, para que cuando estés, el agua y las burbujas nos abracen, nos tomen para sí como yo tomo tu esencia que, por ser tú, siempre me pareció lejana, pero que hoy vendrá en unos minutos, tan sólo en unos instantes porque las manecillas vuelan y es hora de prender las velas y apagar las luces; no es necesario que haya tanta luz, no la necesitamos, que en mi sueño yo te conozco; siempre te he advertido, tanto que estás en mí aunque no hayas estado nunca.

Todo al punto ahora que el ángulo perfectamente recto del reloj indica la hora señalada. Tú tocarás.

Mejor no, mejor dejo la puerta entreabierta, no sea que al encontrarla cerrada, sin luz, pienses que no estoy y te vayas. Ni siquiera entreabierta. Que se quede abierta y que suene la música de siempre y que el perfume salga a tu encuentro y te traiga a mí.

No te vayas a pasar de largo; no sabría qué hacer si hoy no llegas, si todo el día de espera, de una vida de síntesis de espera se cruza sin quedarse, si no entra, si no me regala tu presencia y te quedas en mí sin perder tu libertad, pero te entregas porque yo quiero ser tu libertad, la que quite los grilletes de la soledad, que haga comunión en ti.

Sí, así es; es la hora y las campanas se dejan caer, anunciando que vendrás, que ya estás muy cerca, quizá pasando la esquina, y cruzas la calle y los anuncios te iluminan, iluminan intermitentes tu figura de Venus en su nacimiento de líneas perfectas.

A esta hora, pasados los cinco minutos, sin duda que estás subiendo las escaleras. “Quizá debo bajar a encontrarle”, pero me detengo, no hay razón para que adviertas mi ansiedad; ya la sabes. Me quedo en la habitación. Me pongo en el quicio de la puerta y los pasos se acercan, los oigo claramente. Ya están en el piso, y siendo ahogarme. “Voy a ella”, y salgo, pero no, ¡maldita sea! Es la molesta vecina. “Que no me salude!, pero sí, me dice buenas noches y a regañadientes le contesto, y al entrar a su departamento, no se oyen más pasos. Regreso y el reloj ya apunta pasados los 20 minutos y no sucede nada más que la ausencia, y se acelera el paso del tiempo. “Voy a llamar”, pero quité los cables del teléfono para no ser molestado, así que si ella quiere comunicarse no podrá hacerlo.

Me la quise jugar a una carta, a la de aquí y ahora, pero aquí y ahora no hay nadie más que yo, y, al tiempo, las velas se han consumido, la bañera ya no puede dar cabida a las gotas de agua que se desparraman; la música sigue larga, melancólica; me recuerda que alguien vendría y ya no lo hizo.

La música, el perfume, las oscuridad, el caer el agua es lo único que queda de esa llegada que no llegó. ¡Se le olvidó!, me digo, pero no importa ya si algo pasó o se le olvidó. Uno atrae lo que nos pasa, y si le pasó algo es porque no quiso venir.

Así: o se le olvidó o no quiso venir. Ya es igual. La espera terminó. No podré decirle lo que pensaba, menos tenerla. Lo cierto es que no está. Tan sólo alimenté una esperanza.

Cierro la puerta, quito la música, disperso los pétalos; voy al baño, así, como estoy, vestido, me meto en la bañera; el agua tibia me llega al cuerpo.

Unas tijeras… unos cortes en las muñecas… las meto en el agua… quiero descansar… recargo la cabeza… sigue el líquido viscoso… se va tiñendo el agua… apenas oigo… tu rostro que no vino, toda tú a la que se le olvidó la cita o no quiso venir, me acompaña… pasan unos minutos, empiezo a… no… saber… no oír… no ver… nada… nada…

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