“POR LA LIBRE” DEL PROFESOR IGNACIO CORTES MORALES

PERIODISTA IGNACIO CORTES MORALES>>

Por la libre 2407 del 24 de mayo del 2020 Por Ignacio Cortés Morales>>

1.- Muy cerca del final>>

Andrés había llegado apenas unas horas antes al hospital, solo; así vivía.>>

Siempre pensó, desde que rompió con el pasado, en que moriría solo, sin nadie que le asistiera en esos momentos, ¿para qué?, era igual. La muerte acudiría, la muerte como otra etapa de la vida, la final, pero una etapa más, así que no le preocupaba… tampoco la deseaba, si no veía su vida con disgusto, en el último tramo de ella, decidió estar solo, sin crear molestias a nadie, sin obligar a nadie que le cuide. Siempre le aterraron las historias de lamentos de familiares porque tienen que cuidar al enfermo. Él se sabía a salvo, no tenía familiares cercanos, y los lejanos, allá estaban bien, sin frecuentarse los unos a los otros, en la sana distancia para no molestarse en caso de enfermedades o de situaciones incómodas en lo financiero.

Incluso pensaba, “si un  día me sorprende la muerte, sin que hubiera alguien que hiciera el aseo, tarde o temprano, el hedor del cadáver llegaría a la calle y sabrían que había fallecido”, y previsor como era, muerto, en lo primero que se ocupó cuando el dinero le llegó en cantidades interesantes, dejo una parte de él e instrucciones precisas con el abogado para que se haga lo conducente. “No necesito a nadie cerca de mi final, que se enteren los que se tengan que enterar cuando no haya remedio. Yo no seré una carga para nadie. He trabajado para vivir con comodidad, pero también para bien morir”.

Vivía en una casa chica, pero agradable, el jardín era su lugar favorito, donde pasaba el tiempo cuidando de sus plantas que crecían, a veces, demasiado pronto, por lo que les iba acomodando con las tijeras para darles forma lo mejor que podía, y, mientras hubo espacio, fue sembrando coditos para que se poblara el lugar, y casi todos se daban y crecían por la buena mano que presumía a sus alumnos.

Tenía el lado de sombra y el de sol, y sus cuatro o cinco herramientas eran suficientes para salir adelante en esa tarea, junto con la regadera que había fabricado con un bote.

Los lirios se hablaban de tú con las rosas, las lenguas de víbora con los deditos, y la higuera con todas, mientras que los helechos se colocaron en la entrada de la casa, cumplían bien de guardianes, porque decía que “ahí están para atajar las malas vibras de los pocos que me visitan, y los menos a los que les permito pasar. No me interesa, no quiero que vengan. Por lo general vienen a interrumpir cuando estoy con las plantas, o escribiendo o leyendo, o viendo la televisión o nada, pero es mi nada”.

Así las cosas, si alguno de sus ex alumnos pedía una cita para consultarle un cuento que había escrito, siempre le decía que justo estaba por salir de viaje y que se tardaría unos días, pero que si quería, podría enviar el texto, lo leería y le daría su opinión por igual vía, Así era casi siempre.

Entre las paredes frías del hospital, en el aislamiento, Andrés presentía que no llegaría al día siguiente. Se sentía mal, pero le consolaba la idea de que la agonía no sería prolongada. “Sólo unas horas y no permitiré que me entuben. Que esto sea pronto. ¿Cuánto van a prolongar mi vida con esos aparatos?; ¿dos horas o tres?. Prefiero así y no más incomodidades.

Volvía a los recuerdos. Sólo permitía la visita de Mirta, una joven de veintitantos años a la que le conoció en la cafetería, en la cual gustaba de pasar horas, de vez en cuando, viendo pasar a las personas desde el segundo piso, junto a la ventana, su lugar especial, tanto que cuando llegaba al negocio, subía y encontraba su sitio ocupado, bajaba de mal humor y tardaba alrededor de un mes para volver, pero cuando el espacio estaba solo, le daba las gracias a la joven y ahí se quedaba por horas, haciendo algunos apuntes en un cuaderno que sacaba del portafolios negro, que era su acompañante para todos lados, y trazaba historias y algunos intentos de dibujos que nunca le salieron, eran terribles, y cuando la chica llegaba y lo encontraba en ello, él le decía, “lamento no hacerlo bien. Dibujar y cantar son dos cosas que me hubiera encantado hacer. Con el dibujo me robaría el alma de las personas y las llevaría a mi mundo, y con la música, no hubiera estado solo nunca: La música tiene un especial acento y llama a la compañía, y si lo haces bien, y eres ameno, terminas por ser el alma de ese momento, pero no, no lo sé hacer; ni dibujar ni cantar, por lo que me tengo que refugiar en el paraíso de los tantos solitarios, el escribir, que tiene su chiste, no te creas, y una gran ventaja, lo puedes hacer en el instante que quieras, pero vamos, creo que ya es la hora de irme”, y, sin pedir la cuenta, ya sabía lo que costaban las cosas, a fuerza de asistir, le extendió la mano y un dinero para pagar los dos cafés y dos rebanadas de pastel y una propina generosa, “para que me cuides mi lugar siempre; ya sabes cómo soy, en cualquier día me dejo venir, cuando me falta un personaje para mis escritos, y mira, me siento aquí y los observo; no siempre tengo suerte, pero sí he descubierto especímenes especiales, de allá abajo y también de los que están aquí, y les invento un pasado o les construyo toda una historia futura y ellos ni se enteran, porque hasta el nombre se los regala mi pluma”.

Por momentos sentía que se ahogaba y la angustia le acudía, pero se serenaba y con ello ganaba minutos de tranquilidad. Apenas se sentía mejor y volvía a su pasado.

En realidad, hasta ese momento de la historia, la chica no había significado nada para él, más que la cuidadora de ese lugar, por lo que le extrañó que un día le haya pedido hablar con él. “En otro lugar, por favor” dijo ella cuando el viejo maestro la invitó a sentarse. Su cara era de gran preocupación.

“¿Qué, tan grave es la cosa?”, y ella bajó la mirada, por lo que él le tomó la cara, más que con familiaridad, como tendiendo puentes para que ella terminara de confiar en él, y le invitó a su casa: “vamos, te invito a comer mañana domingo. No vendrás a trabajar, ¿te parece?”, y ante la duda de la mujer, él reaccionó: “no tengas pendiente, le pediré a Matilde, quien es la persona que asea la casa y me hace alguna comida cuando se lo pido, que esté con nosotros”, lo que apenó a Mirta, quien quiso disculparse, pero él la atajo. “Anda, no te preocupes, aquí te dejo, en esta hoja, la dirección de la casa. Ustedes los jóvenes no tienen problema, con sus aparatos ubican lo que sea muy fácilmente”.

Al día siguiente, contra su costumbre de los domingos, se echó un regaderazo y se puso un traje; le habló a la señora y le pidió que hiciera el aseo y que le cocinara algo sabroso, que tendría invitada, lo que provocó que Matilda lanzara una sonrisa socarrona, “con que ésas tenemos”. “No digas tonterías, es una jovencita que tiene algún problema y quiere hablar conmigo; permiso”, dijo con el tono que anunciaba el fin de la conversación.

Un acceso de tos que le obligó a incorporarse, cubriéndose la boca con el grueso papel que tenía al lado. Antes de acostarse, aguardó unos minutos, mientras pasaba la angustia. Llegó la enfermera y le dijo: “bonita, no se acerque, por favor. Conmigo no hay nada qué hacer. Le agradezco sus atenciones y sus intenciones. De verdad, gracias.

De nuevo con la cabeza sobre la almohada, retornó a aquellos días. Desde la tarde anterior, al salir del lugar, no dejaba de pensar en lo que pudiera suceder a la joven para solicitar con tanta urgencia una cita y en condiciones especiales.

También le saltaba la pregunta: “¿por qué a mí?. ¿Por qué me eligió a mí?”

Tenía un poco más de un año de conocerle y como que no encontraba la liga para que se le acercara para pedirle hablar con él, pero, “bueno, quizá hasta salga una historia de interés. Me encantaría escribir mi mejor historia antes de irme. No adelantemos vísperas”.

La hora se acercaba y él salió impecablemente vestido; la mesa fue puesta con gran cuidado y en el centro, una botella de vino, “pero sólo tomaremos una copa, no te apures. Me sé comportar. Ni que no me conocieras; nunca me ha gustado robar nada, y esta jovencita viene vulnerable, pidiendo ayuda, y no se vale nada contra ella”.

Le pidió que se apresurara todo para que diez para las dos estuviera listo todo, “y te pido que estés atenta para que vayas sirviendo la comida. Si no te llamo, espera en la cocina. Yo calculo que para las cuatro habremos comido y te podrás ir. Te lo recompensaré. Sé que es domingo y te pagaré bien, así que adelante, que falta poco”.

A las 14:10 estaba Mirta. “Llegas tarde 15 minutos”; “perdón señor, apenas son 14:10”; “ser puntual es llegar cinco minutos antes de la hora fijada, pero, bueno, algún día lo harás. Te dejo la lección”. “Sí señor, no volverá a suceder”. “Pasemos a la mesa”.

En la comida casi no se habló, más que generales. Se sentía una tensión y en la chica la urgencia de contarle su secreto por el que vino. A las tres habían terminado de comer. Matilde dejó todo impecable mientras que él y ella se instalaban en la sala. Mirta no estaba del todo cómoda, por lo que dijo, “creo que mejor me voy. No creo que haya sido buena idea estar aquí”, por lo que Andrés, de pocas palabras, se puso de pie, “muy bien, jovencita, como gustes”, pero ella se soltó a llorar, por lo que esperó que se tranquilizara y dejó que ella fuera la que hablara cuando lo creyera conveniente, por lo que se instaló nuevamente en el sillón y aguardó. No había prisa. “Perdón, perdón, pero es que no sé qué hacer”.

Nuevamente la tos interrumpió a Andrés en sus recuerdos. Esta vez se prolongó más. La enfermera, a prudente distancia, sólo observó, ya no se acercó. Sabía la respuesta del profesor

Andrés, esperaba la confesión de la joven, y se abrió un abanico de posibilidades.

“Vamos por partes. Tranquilízate y empecemos”.

Mirta guardó silencio, se le quedó viendo, dudó, pero, escondiendo la cara, al fin soltó: “Estoy embarazada”.

Andrés ni se inmutó, de inmediato respondió con naturalidad. “Menores que tú y en condiciones peores también lo están. ¿No es una violación?”, y ella negó con la cabeza; “¿no es ningún familiar?”, y ella nuevamente negó. “Si no es lo uno ni lo otro, seguro que es tu novio, y…”; “quiere que aborte”. “¿y…?. “Yo no quiero”. “Pues tenlo”. “¿Y cómo lo mantengo?”. “Trabajando, como todos”. “Pero no gano lo suficiente en la cafetería”. “Búscate otro trabajo”. “¿Embarazada?”, esgrimió ella. “Ahora ya no se exige la prueba. Pides el empleo, te lo dan y hasta después lo dices. Los tres meses los paga la institución médica, no el patrón. ¿Niña, por eso estás preocupada?. Ahora no es problema”, y después de media hora, ella se fue, quizá no más tranquila; en ella seguía la duda entre el aborto y el tener al niño. Lo positivo es que se había desahogado, y Andrés se dijo, “y todos por unos minutos que, muchas veces, ni siquiera son de placer. El mundo no se va a acabar con lo que decida, así sea abortar o tener al hijo”.

El martes fue a la cafetería y Mirta, como siempre, le atendió y le dijo: “he decidido abortar”. “Es tu decisión”. “¿No le espanta?, ¿no le escandaliza?”. “No serás la primera ni la última. Siempre es mejor eso a traer hijos nacidos para perder. Que todo salga bien”. “¿Me querría acompañar?”. “No esperaba que me lo pidieras, pero si lo crees conveniente… ¿Tu familia no lo sabe?.”. “Ni lo sabrá. Para qué preocuparles”. “Bien, me hablas por teléfono. ¿Quieres que me haga pasar por un familiar?. Adelante. ¿Sabes que siempre hay riesgos?”. “Sí, lo sé, pero son pocos. Estoy a tiempo”. “Me avisas un día antes”.

Tres días después del aborto, que fue rápido y sin complicaciones, Andrés volvió a la cafetería y no le atendió Mirta; no se atrevió a preguntar. Tampoco estuvo la semana siguiente, y al pagar le preguntó a la cajera por Mirta y dijo que había renunciado, que no sabía dónde estaría ahora.

Andrés empeoraba, lo sentía. Su respiración era agitada, con mucho trabajo, con angustia; lo reflejaba en los ojos, pero, invariablemente, se negaba a ponerse el respirador. “Déselo a quien quiera seguir viviendo”.

Dos o tres meses después se encontraron en la calle, por casualidad. Andrés la descubrió y le preguntó cómo estaba, que por qué había renunciado. Le dijo que le daba mucha vergüenza verlo, después de lo que pasó. “Por favor, niña, ni te apures. Deja a los santiguados eso, Conmigo no va”.

Empezaron a caminar y ella le contó que un día después del aborto su novio fue a buscarla y que al enterarse del hecho la dejó definitivamente.

Andrés se limitó a decir: “él se lo buscó. Qué te apura. Se iba a llegar al tiempo límite. Si te tardas un poco más no hubieras podido abortar. Que le sirva de lección a él”. “Me dejó”.

Con un poco de impaciencia, “No te preocupes, ya llegará otro, pero ahora ten cuidado. No las entiendo, habiendo mil fórmulas y se embarazan”. “Pero es que se perdería la espontaneidad”. “Entonces sigan embarazándose, abortando o trayendo hijos al mundo que después les estorban. Niña, estamos en el siglo XXI, ya nadie se espanta por nada, pero, bueno, vamos, no te apures. Ya vendrá otro. Ya sabes donde vivo, cuando quieras, ve a visitarme, pero avísame, no me gustan las visitas cuando no las espero, por favor”.

Y así empezó esta relación, y primero cada mes entresemana, pero después las citas las pasaron a los sábados y entonces fueron semanales. Él siempre se esmeró por atenderla, y, al paso del tiempo, empezó a sentir algo más que afecto, pero nunca se lo dijo a la bella jovencita, de ojos vivarachos, risueños, y labios sensuales, tan bien hechos, como su figura. No alta, pero con sus tentaciones. El sentimiento lo guardó tan bien que ni siquiera hubo una insinuación, con todo y que existieron momentos propicios -¿provocados por ella?- pero no quiso nunca dar el paso. Decirlo significaría, posiblemente, que ella no volviera. Si así, apenas tuviera novio, seguro empezaría con el distanciamiento, por lo que no quiso adelantar el final, y sólo, de vez en cuando, él le regalaba alguna cosa, nada que pasara de los mil pesos; no quería asustarla. Pasaban las tardes con la velocidad no deseada para él… y tampoco para ella, quien veía en Andrés al padre que le faltó.

Un día, “Señor, no vendré el sábado, mi novio quiere presentarme a su familia”. “¿Sabe lo del aborto?”. “Sí, ya se lo dije, casi enseguida de que me pidiera ser su novia y no me dijo nada, ni ha vuelto a tocar el tema”. “Me alegro mucho por ti. Bien, adelante. De cualquier modo, cuando lo creas conveniente, aquí estaré por si me necesitas, para bien o para mal, y seguro que será para bien”.

Ahora estaba en esa cama de hospital, tenía el mal. Su edad no era precisamente el principal problema, sino su abandono. Morir hoy o hacerlo mañana, era igual. Había dejado instrucciones a su abogado y a Matilde para su cremación, y también le heredó la casa, para que se fuera a vivir con su marido y sus dos hijos, a condición de que le cuidaran el jardín, por lo que dispuso una renta mensual para ello, y tres millones de pesos serían para la jovencita que estaría próxima a casarse, aunque no podría gastarlos sino después de dos años, “no vaya a ser que su marido sea un vividor y le quite todo, así que en dos años tendrá tiempo de conocerlo, ya si la deja sin nada, bien merecido por tarada”.

También pidió que no le dijeran nada, hasta que todo se hubiera consumado. No quiero lágrimas ni caras largas antes de mi fallecimiento. Después será inevitable. Matilde lo sabía y lo aceptó. Estaba en combinación con el abogado que tenía los documentos, debidamente protocolizados, como corresponde a un hombre metódico.

Esa noche, Andrés fue empeorando a paso vertiginoso. Le faltaba la respiración, pero no quiso ser atendido por nadie, ni enfermeras ni doctores, “lo mío no tiene remedio, señor doctor, mejor no se acerque, no lo vaya a contagiar, no me gustaría que algo le pasara por mi culpa. Voy a tratar de dormir. Cerró los ojos.

Su vida pasó muy rápido, su infancia en una colonia proletaria, con dos hermanos más, su papá que trabajaba fuerte para salir adelante y su madre que, desde la casa, no paraba para hacer rendir el dinero y cumplir con el aseo, la comida y la atención de los hijos.

Recordaba sus días en la escuela, agradables, bien llevados y sin muchos problemas porque era un chico listo, y el paso a la secundaria y el empezar a enfilar solo, todo se le venía a la mente en forma vertiginosa. La preparatoria y la universidad, y el talento para escribir lo descubrió y le permitió tres libros de regular éxito, y con ello la cátedra, y todo junto le permitió una vida holgada, tranquila, y haciendo lo que le encantaba.

Cuando le dieron la cátedra tuvo que ceñirse a ciertas disposiciones, pero cuando demostró que con sus formas lograba que los jóvenes se entusiasmaran con la lectura y la creación literaria. Se ganó el aplauso de la crítica y dejó de depender de sus planeaciones. “Lo importante es que amen la literatura, que lo demás vendrá por la necesidad que les nazca por saber más y perfeccionar sus escritos”, y nadie se atrevió a contradecirlo, ni los alumnos que llegaban a sentir el rigor de la disciplina, ni los directivos, a los que les importaba que la escuela sonara, y era seguido, pues los jóvenes de ese plantel seguido publicaban en periódicos, revistas y hasta editaban. No faltaron dos premios nacionales de cuento, y con ello el éxito y los honores para el ganador, igual que para el maestro Andrés, a quien le ofrecieron más horas pero no las aceptó, “si no soy maquilador de la enseñanza”, lujo que se podía dar porque las regalías de sus libros, eran suficientes.

Del amor… Alguna vez por ahí… dos veces, para ser exactos, pero nada que atrapara a la otra persona. Era demasiado posesivo, angustiantemente posesivo por su inseguridad, y es que tenía su talento, pero físicamente iba en desventaja siempre, porque, además, tenía buen gusto, el gusto por las mujeres bonitas, porque siempre se decía que si iba a sufrir, por lo menos por alguien que valiera la pena.

Pero ahí surgía Amelia. A ella sí que le amo, y es que era hermosa, con sus ojos grandes, negros, en los que podría pasarse horas viéndose, y a la que le dedicó su primera novela, la mejor de todas, la que permitió que salieran dos más, sin la misma fuerza, pero apoyadas por la primera, se venden bien.

Amelia, además de belleza, surgía del seno de una familia con fuerza económica, de prestigio, por lo que no entendía que estuviera con él, siendo quien era ella.

Eso le atormentó, y junto con esta inseguridad, su afición a la bebida por esos tiempos, no pudieron llevar a buen puerto ese amor. Terminó muy pronto, pero le dejó gran huella y su primera novela. Ella nunca se enteró, ni siquiera supo si la había leído o no.

El aire le faltaba más. Andrés se despertó con la angustia de que se ahogaba, y un doctor y una enfermera se acercaron, pero él siguió en su postura. “Gracias. Déjenme, siento que falta poco ya. No me vayan a conectar a esos aparatos. Sin duda que habrá quien tenga deseos de vivir, pero yo no. Déjenselo a esa persona. Para mí está bien lo vivido”, todo ello dicho con dificultad agonizante. La vida se le iba y él no quería, no quiso retenerla. ¿Para qué?, ¿para mi pequeño jardín?. Matilde lo hará bien. ¿Para Mirta?, Ya casi no iba a verlo, así que su vida no tenía gran sentido. ¿Seguir enseñando?. “La mayoría son trabajos escolares y el que tiene talento, con cualquiera puede tener la orientación y mejorar”.

El aire faltaba, él hacía esfuerzos por tomarlo. En ese momento sí hubo temor por la muerte, angustia, pero no había nadie cerca para asistirlo, y la angustia creció. “Amelia, Amelia… Mirta, mis dos grandes… amores… Ninguna se me dio… la vida… un instante… un… sueño… la… nada…  nada …  nada  …   …

 

Por la libre 2408 del 25 de mayo del 2020 Por Ignacio Cortés Morales

1.- ¿Cómo será el regreso a la calle?  2.- Gamboa Lozano    3.- AMLO sí   4.- Encuestas

1.- Ya no será el uno de junio el regreso a la calle en forma masiva, ni siquiera selecta, y no se ve para cuándo si ayer, por citar 4 casos, en el río Tehuixtla familias enteras en la verbena, y si en Cuautla, las calles se ven en la fiesta, y en el norte de la capital no se da obediencia, como tampoco en las colonias de casi todos los municipios, pero un día, tal vez hasta por inercia, vengan a la baja los contagios, pero mientras no se tenga vacuna, las cosas no volverán a ser iguales y menos mejores, en cuanto al contacto físico de las personas, y será la desconfianza la que reine, incluso con los familiares, y se saldrá con los guantes, el cubrebocas y lo que se pueda, por el temor a ser víctima de la pandemia.

Se regresará a la calle, las escuelas, templos, restaurantes y todo terminará en el trajín de todos los días, pero es un hecho que no se será igual. El mal dejará cicatrices que no se olvidarán fácilmente. Centenas de familias perdieron a alguien o vivieron el caso de que alguno de ellos enfermó, y aunque cuatro de cada cinco salieron adelante, nunca se borrarán esas angustias, pues prevaleció la incertidumbre del contagio colectivo, y los vecinos, si se enteraron, vivieron y vivirán con el temor de que ellos se contagien, y la discriminación pudiera aparecer, siempre rondando por la posibilidad de la tragedia.

A la familia, a la comunidad, al estado, al país, al planeta, le dejarán la marca para siempre, porque, aunque la influenza sigue registrando más muertes, es este virus el que más daños físicos, psicológicos y sociales dejará, sin contar los financieros.

Simplemente, el regreso a clases, lo que no debe priorizarse es saber si el chico tiene o no los conocimientos mínimos, lo que se debe saber es si su familia no se diezmó, si no sufrió la enfermedad en el interior de ella. Si eso no se sufrió, cuántos perdieron el trabajo o negocio; ¿pasaron días engañando el hambre con un par de tortillas con sal o con la caridad como aliada?, no porque no se sepa trabajar o no se quiera, sino porque no hay dónde laborar, pues el compadre, aunque quisiera y tenga la necesidad de las reparaciones en su casa, no tiene dinero para contratar a nadie, y así la rueda gira y gira.

Quien no vio a la familia diezmada, no tuvo la enfermedad en casa o cerca; quizá perdió el trabajo, o tal vez engañó el hambre de él y los suyos porque no había dinero.

Simplemente el encierro dejó al descubierto que no se buscó algo qué hacer, se dejó ver la falta de creatividad, o, simplemente el confinamiento dejó experiencias, en la mayoría de los casos, negativas, y las huellas fueron tan severas que no se olvidarán.

Será necesario un periodo de readaptación a la nueva realidad, las relaciones tendrán la ocasión de que aflore la solidaridad en los avanzados; en los otros, seguirá la intriga y la mezquindad, y los fuertes de espíritu estarán listos para prestar ayuda, pero no puede dar la ayuda con las herramientas de antes del covid, es necesario que, en las escuelas, antes de pesar en retomar las clases y los aprendizajes y las enseñanzas, se atienda el aspecto humano, sin embargo, ya veo a la autoridad exigiendo papeles, antes que la educación y mucho antes que atender al alumno, padre de familia y alumno como seres humanos en el retorno a la calle y las instituciones. Siento que no será así, y se habrá dejado ir la ocasión de ser solidarios y circular hacia el humanismo en el deseo de un nuevo orden.

2.- El caso del multihomicidio en Temixco tiene cada vez más aristas políticas, y deja la idea de que quisieron callar a alguien y enviar un mensaje a otros, por lo que, si se sigue el hilo, pudiera llevar a los peces gordos del pasado reciente en el país; ahí está el reto.

3.- Contra lo que los prianfifís piensan, por sus ataques majaderos, escatológicos, ruines y de mala fe, ofendiendo al presidente, su popularidad creció; al final la vida deja a las personas con el premio que se ganaron; los malagradecidos e intrigantes lo pagan caro.

4.- En las encuestas para el 2021, Morena ganará en 13 de las 14 elecciones, pese a que no todos sus dirigentes alcanzan a entender que se llegó al poder por el bien de la nación

Nos escuchamos en Entérese, de lunes a viernes, de 18 a 19 horas; Radio Capital 105.3

 

Por la libre 2409 del 26 de mayo del 2020 Por Ignacio Cortés Morales

1.- Un sistema basado en la ética III 2.- Este ciclo escolar   3.- TSJ 4.- Plazas Iebem

1.- No es la pandemia la causante de la pobreza en el universo; la profundizó; aunque lo que debe resaltarse es que descobijó al sistema neoliberal y lo puso en su dimensión justa de ser el causante de la desigualdad social, pues se generaron las más vergonzosas riquezas, y las más vergonzosas pobrezas; la desigualdad social, acendró la brecha financiera más espantosa de la humanidad, y a ello le llamó crecimiento, en una aberración, en una cortina de humo que hacía brillar la prensa afín y lo hacía ver como el gran triunfo del gobierno, mientras los cinturones de miseria se extendían apenas a unos pasos del seudoprogreso, y ahí la capital, de un lado el club de golf y sus casas de ensueño, y del otro, la pobreza de La Lagunilla; Tabachines y el caso nunca aclarado de Urdaneta en cuyas manos terminaron terrenos para suntuosas residencias y club de golf, y del otro un Acapantzingo pujante y necesitado, y en Yautepec, el hotel hacienda Cocoyoc y su expansión que ocupa lo que un día fue parcela de la escuela Cuauhtémoc y del otro lado el poblado de Cocoyoc con niños que llegaban a la escuela sin alimentos.

Así todo, varios de los hombres más ricos del universo y millones de mexicanos en la más espantosa miseria de una o ninguna comida al día, y la corrupción como normal en la brecha tan acusatoria de que la humanidad se acerca a su exterminio, porque de seguir cavando hasta que la barranca sea insalvable, o edificando un muro que no se pueda saltar, encontrará al final del arco iris la rebelión del pueblo cansado y sin tener nada qué perder, pues ya lo ha perdido todo y a manos de los que dicen defenderlo en años del neoliberalismo de los caducos partidos del oprobio, la desvergüenza y desigualdad.

Nadie debería defender a los partidos promotores de la brecha citada, pero la principal virtud es que ese sistema neoliberal llegó a tal bajeza que manipuló a los estratos sociales más necesitados para convertirlos en sus defensores recalcitrantes; a este grado el criminal sistema cegó sus almas, segó sus espíritus, condujo al catlaclismo que costó vidas, y, lo peor, conciencias y dejó al mundo devastado y al ser humano sin esperanza.

El neoliberalismo no sólo asesinó la ética, sino que sembró en la mente que vivir sin ella era lo propio, lo más conveniente y que el gran triunfo era la riqueza, que el fin justifica los medios, que el reconocimiento social era la meta, y que nadie iba a juzgar el cómo se ascendió; es más te admiraría y a las trampas las llamará audacia, transar es ser buen negociador, la soberbia es tener personalidad y engañar es una cualidad para alzarse de entre los débiles y tontos engañados; mientras que el compadecerse y aceptar que se hicieron las cosas tomando ventaja, es signo de debilidad, y el ser malagradecido e intrigante, es tener fortaleza, que la ética es un ancla que impide crecer, y si se quiere ser admirado y tener lo que el progreso señala como mínimo que se debe pasar sobre el que sea, que la vida es una conquista constante y mientras más derrotas se tengan sobre el rival, más alto se llega, dejando al otro la debilidad de ser generoso y entregado por las mejores causas, que los triunfadores del neoliberalismo, a su conciencia, no le hacen caso, pues ello impediría alcanzar los objetivos de ser rico, poderoso, influyente; no un dedo que toca el mundo, sino un puño que lo golpea, es decir, el hombre neoliberal, al que la ética estorba, y su riqueza es directamente proporcional a la pobreza que ocasiona

2.- Faltando la voz oficial, el curso escolar se cerrará entre el uno y 15 de julio y regreso al consejo técnico en la segunda quincena de agosto o primera de septiembre, según la pandemia, y a clases en septiembre uno o 17 y en el peor de los casos, en octubre.

3.- En el Tribunal Superior de Justicia, poco a poco Nadia Luz y Juan Emilio Elizalde se van quedando solos; que ojalá cuando suceda, tengan tiempo para reincorporarse.

4.- Alguien me aseguró que la entrega de plazas en el Iebem había sido amañada; pedí las pruebas de ello y las sigo esperando.

Nos escuchamos en Entérese, de lunes a viernes, de 18 a 19 horas; Radio Capital 105.3

 

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