“POR LA LIBRE” DEL PROFESOR IGNACIO CORTES MORALES

IGNACIO CORTES MORALES>>

 

Por la libre 2186 del 13de octubre del 2019 Por Ignacio Cortés Morales>>
7.- Dos pensamientos>>
S sale de la oficina después de un día intenso de trabajo; ella en otro lugar, y ha pasado la tarde en contacto con la secretaria de la oficina, sin que él se dé cuenta, engarzando las acciones para que nada se pierda y que fuera en orden, paso a paso el proceso de la internacionalización de la empresa, de lo que dependen decenas de trabajadores y los que se agregarán en caso de que se logre el propósito, por el que se laboró durante décadas y a C le correspondió la etapa de cosecha, pero que requirió de un esfuerzo extra, pues esos últimos movimientos fueron al filo de la navaja, por lo que no había lugar a las dudas, y aunque desde lejos, nunca dejó la coordinación, sin que él lo supiera, pero sí, le llegó a sorprender la agilidad de M para responder ante los retos, nunca preguntó; no dejó de decirse que M tenía habilidad especial y, de alguna manera, le recordaba a quien llevaba en el pensamiento todo el tiempo, por su resolución para encarar los problemas.
C, tras cortar la comunicación desde su móvil con M, respiró profundo, había estado tan cerca de S, incluso, llegó a escuchar su voz, y por poco se le sale el “pásamelo, por favor”, pero la ¿prudencia, el orgullo, el objetivo?, lo que sea, se lo impidieron, y así se cerró el día, en donde le resonaba la voz de su amante y que quisiera correr a su lado, pero sabía que no era el momento, que sería como forzar las cosas; lo quería, sí, pero sin condicionantes, no menos.
El amor es sublime y grande cuando no es sustituto, sino el auténtico; o sea, el que se ama, no amar a alguien porque no se tuvo al auténtico, al que se le da y se recibe su luz, la que emite y es receptora de toda la intensidad; el amor es uno y vale cuando es entre iguales; las sustituciones terminan por ser más que dolorosas y dejan siempre el anhelo trunco, la insatisfacción, enclavando un vacío que crece al tiempo
Cuando S llega a su casa se dispone a descansar, pero antes prepara café y con él llega a su recámara, y aunque está cansado, su pensamiento vuela hacia C, y se pregunta dónde estará, y siente, como todas las noches, la necesidad de llamar, pero se contiene, sigue en él, desde que lo descubrió, el pensamiento de que se comporta muy egoísta, y es que sabe de su edad y siente que no tiene derecho a encadenarle, más que eso, condenarle a la vida con él y sus tantos años, y eso ha ido generando en él una resignación que se le va llegando al corazón, que le ha costado, pero llega la paz, la tranquilidad, viene la resignación y está asentándose ahora.
Le ama más, pero el amor es generoso, el amor se da, no solicita ni obliga, da, y cuando es fuerte atrae; esa fuerza, esa magia tiene; es lo que pasó entre él y C, él la atrajo porque era tanto el amor, y ahora, en la lejanía, sin tener ni una gota de él, sin cruzar una sola palabra, el sentimiento se acendra y ha estado a un paso de llamar, de retornar, pero se contiene; sabe que si cede, se volverá a lo mismo, a la voz eterna de la inseguridad, a la espera de una nueva riña, a nunca ser feliz porque al final el reclamo.
Él llega a pensar en seguir en la búsqueda del amor, pero qué tontería, es ella la que interesa, la joven, y justo en ese momento vuelve para sí el que ella tiene el futuro por delante y no seré yo quien lo ate, no sería digno, sabiendo el daño que le puedo ocasionar.
Ahora agradecía el alejamiento, fue excelente, quería dejar pasar el tiempo para que se consolide el distanciamiento, aunque le venga el dolor de perder a quien le despertó la pasión, pero ya no quiere que crezca, y no por él, por ella; es la hora de ponerle el fin, aunque casi de inmediato venía el arrepentimiento y se preparaba para llamar, dialogar y recuperarle, pero se volvía a colgar el móvil, sin hacer esa preciosa llamada que le devolvería el amor de ella y su presencia toda. Por amor la quería para todos sus días, pero también entendía que no le alcanzaría su fuerza para brindarse por entero. Pronto, bien pronto empezaría a ser un estorbo, “ella no merece que por mi egoísmo se ate”.
Ella esperaba la llamada pero no quería un pleito después, por lo que deseaba la total entrega, no las soluciones de ahora para caer al día siguiente; no se veía nunca con la cotidiana zozobra; ella quería ser feliz, “no voy a aceptar nada que no sea el amor real y duradero, no el que se da ahora, pero al final del día sobreviene la discusión”, que era lo que estaba generando entre ellos un vacío y un alejarse al ritmo de las palabras que se decían para ofenderse y para dolerse. Ella lo quería de verdad, sin apartar los pies de la tierra, pero “qué importa, si es verdadero, si es real, si es sincero, que todo viva tan sólo unos años, pocos, pero ¿cuánto dura la felicidad? –y se respondía- lo que dure está bien pagado, que lo que vale es lo que deja huella, lo que acendró, lo que se queda, vale”.
C esperaba ilusionada, S, en cambio, dejaba la impresión de que empezaba a resignarse.
No era menos doloroso lo de él, lo que él sentía. El aceptar que no tenía edad para hacerla lo feliz que quisiera, le causaba pesar, era un dolor profundo, y las noches eran de pensar y pensar, y la soledad la llenaba el trabajo.
Ella no iría a buscarle; ya lo había hecho una vez y los resultados, a la larga, no llenaron las expectativas, por lo que no lo haría, aunque sí tenía la presión de su mamá que siempre le decía que ella sería la culpable de lo que sucediera, y si se terminaba era porque no sabía comprender las cosas, lo que le llamaba a la reflexión de “siempre queda la idea de que toca a nosotras la carga de la situación, sobre todo si es negativa”, y aunque no se atrevía a contradecir a su madre, sí lo pensaba y sí lo sufría lo suficiente, y cada día le era más difícil sostener el caso sin correr a donde él se encontraba.
Él no daba señales de vida, parecía que sí la dejaría perder sin lucharle, y se sentía infeliz, pero se lo reprochaba a ella porque se fue; en él venía la autocomplacencia y la victimización, lo que, igual era una forma de egoísmo, pues creía que el dolor sólo era de él, y de ella no puso la atención debida, sólo él se sentía triste y no dimensionaba lo que ella sentía, si acaso le dolía no le interesaba, y en los instantes de más soledad, hasta llegó a maldecirle en su dolor, en la unilateralidad.
Ella sí se veía más generosa, estaba dispuesta hasta el sacrificio de luchar todos los días para conservar el amor y abrazarse a la vida, si él lo decidía así, si le llamaba, si se le daba, si hablaba, aunque todo apuntaba a que no se viviría la ocasión de reencontrarse; lo presentía, así le llegaba, con resignación, y hasta se daba por vencida, aunque su espíritu rebelde le impedía la soledad y el aceptar todo sin pelearlo, pero quería a la buena, en campo abierto, sin atajos, sin temores, sin miedos, sin sustitutos, sin reemplazos, así durara unas horas, unos días, lo que fuera, que cualquier sacrificio, si se recompensa con el amor, sin duda que se paga con creces.
Siempre para él la tentación de llamar, pero los fantasmas le detenían la mano, y ella se quedaba esperando, y es que había hecho su parte, un acercamiento, y aunque fue por trabajo, tenía su mérito; podría no hacerlo, ya no estaba en la empresa, pero lo hizo y él debió intuir, puesto que las soluciones eran las características de ella, quien tenía una manera particular de hacer las cosas y, por fuerza, él podría advertir quién estaba detrás, pero nada; los días pasaron vacíos.
Él llamó antes de que ella se fuera, pero la respuesta fue que no se podía reflexionar una vida en sólo unas horas, por lo que no volvió a hacerlo. Lastimaba, es cierto, pero quién soy para atar a tan grandiosa mujer a mis años, mis achaques que pronto aparecerán, y mis celos que no me abandonan. Hizo bien en irse.
Total, cada quien en su espera y, en la realidad, dos soledades por separado y una sola verdad absoluta, ninguno tenía al otro, y lo que se sentía, el pesar profundo, seguía su camino y dos seres podrían quedarse solos si nadie daba el paso.
Pudiendo estar los dos en el disfrute de sí, el tiempo que fuera, ahí estaban, como changos, cada quien en su pedestal, y no se podían ver ni hablar, en un absurdo que es amparado por el prejuicio, la duda, el temor, la tontería, como para tomar a los dos, sentarlos, hablarles fuerte y que nadie se fuera hasta que salieran juntos, entregados al amor del uno por el otro, pero ¿quién lo haría si no lo hicieran ellos?.
Ahí síganle, desperdiciando el tiempo que a ambos les correspondía, pero ni querían correr riesgo, y por no perderse un poco, se perdieron todo. Síganle, decía alguien de no se sabe dónde, alguien que hubiera querido unirlos, pero ante la necedad, el orgullo y la soberbia, nada se puede hacer; seguro que ni siquiera dios.
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