“POR LA LIBRE” DEL PROFESOR IGNACIO CORTES MORALES

IGNACIO CORTES MORALES>>

 “Por la libre 2441 del 28de junio del 2020>>

Por Ignacio Cortés Morales>>

4.- La cita A la mañana siguiente, sábado, Ernesto, contra su costumbre de los sábados, se levantó temprano, tomó café bien caliente, como le gustaba, decía que el arte de hacerlo es que al inicio esté bien caliente y al terminar, bien frío; mientras se hacen muchas cosas. Le gustaba meterse en los libros; tenía la disciplina de leer una obra diario, aunque algunas, por la extensión, requerían un poco más, pero imposible un día sin su libro, y cuando trabajaba en una obra, durante el proceso, repasaba el cuaderno de notas sobre los últimos ensayos para encontrar fallas y aciertos y avanzar, de tal suerte que, sin dejar de atender a lo que se daba en el momento, en la creatividad, espontaneidad y frescura, hacía la tarea, se presentaba con una idea clara de lo que se iba a hacer esa ocasión, y cuestionaba sobre los parlamentos y movimientos a los actores, a quienes llegaba a poner al borde de la histeria, del llanto, de la risa, y justo en ese instante soltaba la lección sobre el trabajo a realizar; “eso es lo que quiero, eso quiero que me des en la obra; ese enojo; ahora lleva el sentimiento a tu personaje, pero sin el grito; el grito siempre será molesto en la vida, en el teatro, más, así que trabájalo; es tu responsabilidad”, y junto con su asistente les mencionaba los errores del día anterior y a buscar caminos, “siempre hay uno nuevo, ahí está, pero no saldrá al paso, hay que buscarlo”, y así hasta finalizar, después de las tres horas. Esa mañana se levantó más temprano porque a las diez llamaría a Alexandra; una noche antes no pudo hacerlo porque el teléfono estaba ocupado por el papá de la joven, quien, cuando contestó, cerca de las diez, no quiso comunicarle con su hija, pues consideraba que la hora no era propia, y le pidió que llamara al día siguiente, y por eso esperaba la hora, las diez, pero las manecillas del reloj iban a paso más lento, al menos así le pareció al impaciente enamorado director de teatro. Desde 15 minutos antes de las diez, Ernesto ya había llevado el teléfono a la mesita de centro y se había sentado en el sillón largo, “por si hubiera necesidad de recostarse si se alarga la conversación”, y sólo esperaba que fueran las diez para hablar; la impaciencia se lo comía, y por más que recurría a la respiración, al manejo de las emociones y varias cosas más que utilizaba en el teatro, se daba cuenta que muchas cosas no servían para la vida real cuando la situación es urgente, precisamente como en esta oportunidad. De la llamada surgiría la cita para esa tarde, en donde se le declararía, pero todo dependería de que todo caminara sobre rieles. Le habló el lunes, martes, miércoles y jueves; el viernes fue imposible porque el teléfono estaba ocupado y no se pudo agendar la cita sabatina, aunque se había pactado una semana antes, pero sin hora ni lugar, y en los días en los que se comunicaron, no se trató el punto, “al fin el viernes resolveremos” A las diez con un minuto llamó y a las diez con un minuto contestó Alexandra, y después de que le ofreció disculpas por llamar tan tarde y preguntar si no se enojó el señor por el telefonema, y decirle que no, que lo que le pidió es que no llamaran tan noche, “no está bien para con una señorita como tú. Hay reglas a seguir, por favor”, le recordó la cita para ese día, si seguiría en pie. Alexandra le pidió que se dejara para el día siguiente, “mi papá quiere que comamos todos hoy y que estemos juntos todo, pues se irá de viaje un par de semanas, cuestión de negocios, y siempre que parte, pide lo mismo, y jugamos, platicamos y le entregamos el día. Es muy bonito”. Ernesto aceptó, sería el domingo a las cinco de la tarde, él pasaría por ella; estaría en la esquina de su casa, como las veces anteriores. Habría que esperar todo un día, pero “ya es menos de hoy para mañana que del lunes al sábado, así que a esperar”, se dijo Ernesto, quien estaba contento porque Alexandra estuvo a la espera de su llamada, contestó enseguida, así que “creo que vamos bien, pero no voy a decir nada hasta que se haga”, pensaba; se sentía enamorado, estaba enamorado, “como nunca, y es que, además de ser una hermosa mujer, es culta, sabe conversar”, y le vino a la mente el día siguiente, “qué le voy a decir mañana, porque sí me voy a declarar, pero no quiero ser tan cursi, quiero ser lo más natural que se pueda, pero sí debe ser agradable, a la altura de ella, como piensa” Al día siguiente, diez minutos antes de las cinco ya estaba en el lugar de la cita, y a la hora indicada ella apareció, hermosa, como siempre, con esos ojos que sonreían siempre y él se acercó, la saludó y la condujo al auto, enfilaron a la parte este de la ciudad, y en un restaurante pararon, “ven, te va a gustar, hay una vista hermosa, subamos al primer piso parta apreciar mejor el paisaje”. El lugar era de madera, estaba en el ambiente el aroma, y en el centro de la mesa un quinqué para prender apenas empiece a oscurecer. No tardó mucho, al ser diciembre; se sentía un poco de frío. Ella, aunque llevaba un suéter, resintió la temperatura y él le puso el saco, se prendió la vela. Habían pedido dos limonadas. Él tomaba, pero no quiso hacerlo en esa ocasión, estaba con una señorita, una hija de familia y había que conservar el trato, además de que no era el gran sacrificio. La música ambiental era suave, abajo, en la ciudad, se empezaron a encender los focos de las calles y de las casas. A la distancia se encontraba el templo católico al que había ido hacía unos días. – Parece tan cerca. Que bonito lugar, no había venido nunca. En realidad salgo poco. Sólo cuando el cumpleaños de alguien de la empresa de mi padre, y no siempre. En la mayoría de las ocasiones no me deja ir, “no es propio para una señorita, hoy no vas”, o me mandaba con mi hermana. ¿No te parece un poco infantil?. – Es la costumbre de familia. Si te soy sincero, me gusta, me gusta que te cuiden, y me parece que no te causa gran problema. – En ocasiones me siento como vigilada todo el tiempo. Debo pedir permiso para todo. Ignoran que estoy contigo. Le pedí a Alicia que me hablara para simular que me invitaba a salir. Ya la conocerás; Alicia lo sabe, sabe que salí contigo, para que no me vaya a llamar o ir a visitarme porque se descubriría todo. – ¿Y qué importa si se sabe que estoy contigo?. – No, cómo crees, no me permitirían salir con tanta libertad. ¿Por cierto, qué hora es?. Debo llegar antes de las ocho y media. – Son las seis y media, y no te preocupes, estaremos en tu casa antes de esa hora, te lo prometo. Ernesto empezó a preparar el terreno, llevó a Alexandra al balcón que daba hacia la loma y a la ciudad a la lejanía. Ella se dejó llevar. La música ambiental, la tarde que empezaba a caer, el friecito; estaban solos y los dos, desde luego que se atraían, pero él no había hablado, por lo que había que cuidar las formas. – Tú debes estar acostumbrado a otra clase de personas. – No sé a qué te refieres, contigo estoy a gusto, muy a gusto, ¿no lo sientes así?. – No sé qué decirte. – ¿Te puedo hacer una pregunta?. – Sí, desde luego. – ¿Tienes novio? – No, no tengo, lo dijo volviendo la mirada para otro lado, para que no se viera que el color se le vino a la cara, y pensaba: “qué más me preguntará?. ¡Qué pena!. Pidió que se fueran a sentar, como para tranquilizar las cosas y ocultar el nerviosismo, sobre todo de ella, quien llegó y le dio un buen sorbo a su bebida. Alexandra quiso preguntarle si él tenía novia, pero se atoró, no vaya a ser que lo malinterpretara. “Seguramente no tiene, porque si la tuviera no estaría aquí”. Volvió a su bebida. Él no cabía de felicidad, aunque la aseveración de ella no le causó gran sorpresa, sabía que no tenía novio. Una chica como ella no se iba a permitir tener novio y salir con otro; la pregunta sólo fue para preparar la siguiente. La que los dos esperaban, nerviosos. – Está haciendo un poco más de frío, ¿no te parece?. – Si quieres, pedimos un café. – Sí, por favor – Dos cafés, por favor, pidió Ernesto al llegar la señorita. En ese momento ninguno atinó a decir nada, esperaron a que llegaran los cafés. Ernesto intuía que si empezaba a decirle algo en ese momento, iban a ser interrumpidos por la señorita, por lo que habló de la obra que estaba montando y que pronto se llevaría a escena; estamos dando los últimos toques”. La señorita tardaba y él se aventuró a tomarla del brazo, y cuando iba a empezar a hablar, “sus cafés. Ahora subo la azúcar”. “Señorita, por favor… no tarde”. “No se preocupe, enseguida vuelvo”. Risas nerviosas, el reloj avanzaba, silencios constantes, miradas, frotarse las manos, volver a verse, subida de la señorita con la azúcar; esta vez fue pronto, y del mismo modo bajó. Él preguntó: “¿dos cucharaditas?”. “No, sólo una, por favor”. Para él fueron tres. “No está tan mal el café aquí; valió la pena la espera”. Ella sonrió, él volvió a poner cara de circunstancia. Ella esperaba, él no se decidía, se reprochaba su timidez de ahora. Le miró, ella sostuvo la mirada, pero sólo un momento, y lo volvió a hacer cuando él puso la mano encima de la suya. Respiraron profundo, pero disimulando. Se vieron. “Tienes manos muy suaves”. “Sí, ¿verdad?”, y no la retiró. Ahora eran las dos manos de él las que acariciaban la de ella, que guardaba silencio, esperaba. “Eres muy hermosa”. “Gracias”. “No es un cumplido, es una verdad”. “Gracias”. “Alexandra, eres una gran mujer, hermosa, distinguida, culta…”. Ella desvió la mirada que instantes antes estaba de frente. Él le tomó las dos manos. – Alexandra… Me gustas mucho… Creo que estoy sintiendo algo muy bonito por ti – la voz entrecortada, respiraciones en el mismo ritmo, miradas escudriñadoras, de las que quisieran meterse en la cabeza del otro para saber qué piensa, esperando percibir el menor gesto para saber qué decir, el tono, el ritmo, la pausa- Alexandra… – La pausa, pasa saliva, ella le mira, desvía la mirada una vez más, sienten un calor que les recorre – Alexandra… – Está a un instante de pedirlo. Toma aire, la mira con intensidad… y al fin puede decirle, con suavidad, de un envión, queriendo ser firme, convincente, con tono seleccionado de quien está acostumbrado a la poesía, a recitarla con éxito – ¿Quieres ser mi novia?. Ella no se mueve, lo mira, no retira la mano, pero no dice nada. – ¿Qué me respondes?. – Es que no sé qué decir – ¿Por qué? – ¿No vas muy aprisa? – ¿No lo esperabas, no esperabas que te dijera esto, que me declarara? – Sí, pero no tan pronto – ¿Me precipité?. Perdóname… – No, no… – He vivido un poco y es la primera ocasión que siento algo tan hermoso, de verdad. Eres muy especial, hermosa, sensible. ¿Qué me respondes?. – ¿Me permitirías pensarlo un poco, unos días?. – Desde luego, pero llévate algo. Te estoy queriendo y nada sería mejor para mí que me aceptaras. Permite que te quiera, que te ame. – Déjame pensarlo, unos días. – ¿Podría seguirte hablando por teléfono?. – Sí, desde luego – ¿Podría pasar por ti al trabajo? – Yo te digo. Vamos con calma, ¿te parece?. – Como tú digas. Alexandra. Me costó mucho trabajo decirlo. De verdad. Ella sonrió. Él vio el reloj y eran cerca de las ocho. “Vámonos, para que lleguemos a tiempo”. Pidió la cuenta, pagó y salieron. En el trayecto él siguió hablándole de lo que siente por ella, de lo feliz que sería a su lado. Le toma la mano y ella no la retira. Eso le da confianza, y sigue hablando, hasta llegar a la esquina de su casa. – ¿Quieres que meta el coche?. – No, por favor. Yo te digo. – Ya es noche, por lo menos déjame acompañarte. – El tramo es corto, todos los vecinos me conocen, no hay problema. – ¿Me prometes que lo vas a pensar?. – Sí – ¿Te llamo mañana? – Sí – Te quiero Ella lo miró un momento y, sin más le soltó: – Gracias… Sí… Sí acepto… Se bajó del coche lo más rápido que pudo, se metió al callejón y ya no volvió la vista.”. Puedes elegir si quieres agregarla a tu biografía.

Nacho escribió: “Por la libre 2441 del 28de junio del 2020 Por Ignacio Cortés Morales 4.- La cita A la mañana siguiente, sábado, Ernesto, contra su costumbre de los sábados, se levantó temprano, tomó café bien caliente, como le gustaba, decía que el arte de hacerlo es que al inicio esté bien caliente y al terminar, bien frío; mientras se hacen muchas cosas. Le gustaba meterse en los libros; tenía la disciplina de leer una obra diario, aunque algunas, por la extensión, requerían un poco más, pero imposible un día sin su libro, y cuando trabajaba en una obra, durante el proceso, repasaba el cuaderno de notas sobre los últimos ensayos para encontrar fallas y aciertos y avanzar, de tal suerte que, sin dejar de atender a lo que se daba en el momento, en la creatividad, espontaneidad y frescura, hacía la tarea, se presentaba con una idea clara de lo que se iba a hacer esa ocasión, y cuestionaba sobre los parlamentos y movimientos a los actores, a quienes llegaba a poner al borde de la histeria, del llanto, de la risa, y justo en ese instante soltaba la lección sobre el trabajo a realizar; “eso es lo que quiero, eso quiero que me des en la obra; ese enojo; ahora lleva el sentimiento a tu personaje, pero sin el grito; el grito siempre será molesto en la vida, en el teatro, más, así que trabájalo; es tu responsabilidad”, y junto con su asistente les mencionaba los errores del día anterior y a buscar caminos, “siempre hay uno nuevo, ahí está, pero no saldrá al paso, hay que buscarlo”, y así hasta finalizar, después de las tres horas. Esa mañana se levantó más temprano porque a las diez llamaría a Alexandra; una noche antes no pudo hacerlo porque el teléfono estaba ocupado por el papá de la joven, quien, cuando contestó, cerca de las diez, no quiso comunicarle con su hija, pues consideraba que la hora no era propia, y le pidió que llamara al día siguiente, y por eso esperaba la hora, las diez, pero las manecillas del reloj iban a paso más lento, al menos así le pareció al impaciente enamorado director de teatro. Desde 15 minutos antes de las diez, Ernesto ya había llevado el teléfono a la mesita de centro y se había sentado en el sillón largo, “por si hubiera necesidad de recostarse si se alarga la conversación”, y sólo esperaba que fueran las diez para hablar; la impaciencia se lo comía, y por más que recurría a la respiración, al manejo de las emociones y varias cosas más que utilizaba en el teatro, se daba cuenta que muchas cosas no servían para la vida real cuando la situación es urgente, precisamente como en esta oportunidad. De la llamada surgiría la cita para esa tarde, en donde se le declararía, pero todo dependería de que todo caminara sobre rieles. Le habló el lunes, martes, miércoles y jueves; el viernes fue imposible porque el teléfono estaba ocupado y no se pudo agendar la cita sabatina, aunque se había pactado una semana antes, pero sin hora ni lugar, y en los días en los que se comunicaron, no se trató el punto, “al fin el viernes resolveremos” A las diez con un minuto llamó y a las diez con un minuto contestó Alexandra, y después de que le ofreció disculpas por llamar tan tarde y preguntar si no se enojó el señor por el telefonema, y decirle que no, que lo que le pidió es que no llamaran tan noche, “no está bien para con una señorita como tú. Hay reglas a seguir, por favor”, le recordó la cita para ese día, si seguiría en pie. Alexandra le pidió que se dejara para el día siguiente, “mi papá quiere que comamos todos hoy y que estemos juntos todo, pues se irá de viaje un par de semanas, cuestión de negocios, y siempre que parte, pide lo mismo, y jugamos, platicamos y le entregamos el día. Es muy bonito”. Ernesto aceptó, sería el domingo a las cinco de la tarde, él pasaría por ella; estaría en la esquina de su casa, como las veces anteriores. Habría que esperar todo un día, pero “ya es menos de hoy para mañana que del lunes al sábado, así que a esperar”, se dijo Ernesto, quien estaba contento porque Alexandra estuvo a la espera de su llamada, contestó enseguida, así que “creo que vamos bien, pero no voy a decir nada hasta que se haga”, pensaba; se sentía enamorado, estaba enamorado, “como nunca, y es que, además de ser una hermosa mujer, es culta, sabe conversar”, y le vino a la mente el día siguiente, “qué le voy a decir mañana, porque sí me voy a declarar, pero no quiero ser tan cursi, quiero ser lo más natural que se pueda, pero sí debe ser agradable, a la altura de ella, como piensa” Al día siguiente, diez minutos antes de las cinco ya estaba en el lugar de la cita, y a la hora indicada ella apareció, hermosa, como siempre, con esos ojos que sonreían siempre y él se acercó, la saludó y la condujo al auto, enfilaron a la parte este de la ciudad, y en un restaurante pararon, “ven, te va a gustar, hay una vista hermosa, subamos al primer piso parta apreciar mejor el paisaje”. El lugar era de madera, estaba en el ambiente el aroma, y en el centro de la mesa un quinqué para prender apenas empiece a oscurecer. No tardó mucho, al ser diciembre; se sentía un poco de frío. Ella, aunque llevaba un suéter, resintió la temperatura y él le puso el saco, se prendió la vela. Habían pedido dos limonadas. Él tomaba, pero no quiso hacerlo en esa ocasión, estaba con una señorita, una hija de familia y había que conservar el trato, además de que no era el gran sacrificio. La música ambiental era suave, abajo, en la ciudad, se empezaron a encender los focos de las calles y de las casas. A la distancia se encontraba el templo católico al que había ido hacía unos días. – Parece tan cerca. Que bonito lugar, no había venido nunca. En realidad salgo poco. Sólo cuando el cumpleaños de alguien de la empresa de mi padre, y no siempre. En la mayoría de las ocasiones no me deja ir, “no es propio para una señorita, hoy no vas”, o me mandaba con mi hermana. ¿No te parece un poco infantil?. – Es la costumbre de familia. Si te soy sincero, me gusta, me gusta que te cuiden, y me parece que no te causa gran problema. – En ocasiones me siento como vigilada todo el tiempo. Debo pedir permiso para todo. Ignoran que estoy contigo. Le pedí a Alicia que me hablara para simular que me invitaba a salir. Ya la conocerás; Alicia lo sabe, sabe que salí contigo, para que no me vaya a llamar o ir a visitarme porque se descubriría todo. – ¿Y qué importa si se sabe que estoy contigo?. – No, cómo crees, no me permitirían salir con tanta libertad. ¿Por cierto, qué hora es?. Debo llegar antes de las ocho y media. – Son las seis y media, y no te preocupes, estaremos en tu casa antes de esa hora, te lo prometo. Ernesto empezó a preparar el terreno, llevó a Alexandra al balcón que daba hacia la loma y a la ciudad a la lejanía. Ella se dejó llevar. La música ambiental, la tarde que empezaba a caer, el friecito; estaban solos y los dos, desde luego que se atraían, pero él no había hablado, por lo que había que cuidar las formas. – Tú debes estar acostumbrado a otra clase de personas. – No sé a qué te refieres, contigo estoy a gusto, muy a gusto, ¿no lo sientes así?. – No sé qué decirte. – ¿Te puedo hacer una pregunta?. – Sí, desde luego. – ¿Tienes novio? – No, no tengo, lo dijo volviendo la mirada para otro lado, para que no se viera que el color se le vino a la cara, y pensaba: “qué más me preguntará?. ¡Qué pena!. Pidió que se fueran a sentar, como para tranquilizar las cosas y ocultar el nerviosismo, sobre todo de ella, quien llegó y le dio un buen sorbo a su bebida. Alexandra quiso preguntarle si él tenía novia, pero se atoró, no vaya a ser que lo malinterpretara. “Seguramente no tiene, porque si la tuviera no estaría aquí”. Volvió a su bebida. Él no cabía de felicidad, aunque la aseveración de ella no le causó gran sorpresa, sabía que no tenía novio. Una chica como ella no se iba a permitir tener novio y salir con otro; la pregunta sólo fue para preparar la siguiente. La que los dos esperaban, nerviosos. – Está haciendo un poco más de frío, ¿no te parece?. – Si quieres, pedimos un café. – Sí, por favor – Dos cafés, por favor, pidió Ernesto al llegar la señorita. En ese momento ninguno atinó a decir nada, esperaron a que llegaran los cafés. Ernesto intuía que si empezaba a decirle algo en ese momento, iban a ser interrumpidos por la señorita, por lo que habló de la obra que estaba montando y que pronto se llevaría a escena; estamos dando los últimos toques”. La señorita tardaba y él se aventuró a tomarla del brazo, y cuando iba a empezar a hablar, “sus cafés. Ahora subo la azúcar”. “Señorita, por favor… no tarde”. “No se preocupe, enseguida vuelvo”. Risas nerviosas, el reloj avanzaba, silencios constantes, miradas, frotarse las manos, volver a verse, subida de la señorita con la azúcar; esta vez fue pronto, y del mismo modo bajó. Él preguntó: “¿dos cucharaditas?”. “No, sólo una, por favor”. Para él fueron tres. “No está tan mal el café aquí; valió la pena la espera”. Ella sonrió, él volvió a poner cara de circunstancia. Ella esperaba, él no se decidía, se reprochaba su timidez de ahora. Le miró, ella sostuvo la mirada, pero sólo un momento, y lo volvió a hacer cuando él puso la mano encima de la suya. Respiraron profundo, pero disimulando. Se vieron. “Tienes manos muy suaves”. “Sí, ¿verdad?”, y no la retiró. Ahora eran las dos manos de él las que acariciaban la de ella, que guardaba silencio, esperaba. “Eres muy hermosa”. “Gracias”. “No es un cumplido, es una verdad”. “Gracias”. “Alexandra, eres una gran mujer, hermosa, distinguida, culta…”. Ella desvió la mirada que instantes antes estaba de frente. Él le tomó las dos manos. – Alexandra… Me gustas mucho… Creo que estoy sintiendo algo muy bonito por ti – la voz entrecortada, respiraciones en el mismo ritmo, miradas escudriñadoras, de las que quisieran meterse en la cabeza del otro para saber qué piensa, esperando percibir el menor gesto para saber qué decir, el tono, el ritmo, la pausa- Alexandra… – La pausa, pasa saliva, ella le mira, desvía la mirada una vez más, sienten un calor que les recorre – Alexandra… – Está a un instante de pedirlo. Toma aire, la mira con intensidad… y al fin puede decirle, con suavidad, de un envión, queriendo ser firme, convincente, con tono seleccionado de quien está acostumbrado a la poesía, a recitarla con éxito – ¿Quieres ser mi novia?. Ella no se mueve, lo mira, no retira la mano, pero no dice nada. – ¿Qué me respondes?. – Es que no sé qué decir – ¿Por qué? – ¿No vas muy aprisa? – ¿No lo esperabas, no esperabas que te dijera esto, que me declarara? – Sí, pero no tan pronto – ¿Me precipité?. Perdóname… – No, no… – He vivido un poco y es la primera ocasión que siento algo tan hermoso, de verdad. Eres muy especial, hermosa, sensible. ¿Qué me respondes?. – ¿Me permitirías pensarlo un poco, unos días?. – Desde luego, pero llévate algo. Te estoy queriendo y nada sería mejor para mí que me aceptaras. Permite que te quiera, que te ame. – Déjame pensarlo, unos días. – ¿Podría seguirte hablando por teléfono?. – Sí, desde luego – ¿Podría pasar por ti al trabajo? – Yo te digo. Vamos con calma, ¿te parece?. – Como tú digas. Alexandra. Me costó mucho trabajo decirlo. De verdad. Ella sonrió. Él vio el reloj y eran cerca de las ocho. “Vámonos, para que lleguemos a tiempo”. Pidió la cuenta, pagó y salieron. En el trayecto él siguió hablándole de lo que siente por ella, de lo feliz que sería a su lado. Le toma la mano y ella no la retira. Eso le da confianza, y sigue hablando, hasta llegar a la esquina de su casa. – ¿Quieres que meta el coche?. – No, por favor. Yo te digo. – Ya es noche, por lo menos déjame acompañarte. – El tramo es corto, todos los vecinos me conocen, no hay problema. – ¿Me prometes que lo vas a pensar?. – Sí – ¿Te llamo mañana? – Sí – Te quiero Ella lo miró un momento y, sin más le soltó: – Gracias… Sí… Sí acepto… Se bajó del coche lo más rápido que pudo, se metió al callejón y ya no volvió la vista.

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