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| “Por la libre 2386 del 3 de mayo del 2020 Por Ignacio Cortés Morales>>
35- El final Por la tarde C llegó con su mamá y el doctor salió a su encuentro. – Señorita C, señora, mis respetos. El licenciado mejora. Pidió que le tomaran un dictado y dejó un poder. Enfermera, proporcióneles equipo a la señorita C y a su mamá. Después de un momento, las dos estaban listas para entrar. S dormita, pero al sentir la presencia de los visitantes, despertó. Quiso incorporarse, pero el doctor se lo impidió. “No hagamos locuras, licenciado. Vamos mejorando y mucho, pero no exageremos, ¿de acuerdo?. S sonrió, aceptando la medida. – Mira, vino mi mamá conmigo a saludarte. – Señora, perdone la facha. Me da vergüenza – dijo S queriendo arreglar un poco el cabello, hablando con alguna dificultad, con pausas – Pero señor, si se ve usted guapísimo. No sabe el gusto que me da saludarlo. Sabe el aprecio que se le tiene en su casa. – Gracias, señora. Yo también le estimo mucho. – Le esperamos pronto a cenar. – Así será, señora. Después de más cumplidos y demás detalles, S pidió que lo dejaran un momento con C. Pidió los documentos, se los entregaron. El doctor le pidió que no hiciera gran esfuerzo y que no podía tener una conversación por más de cinco minutos- No se apure, con eso tengo suficiente. Se hizo un silencio un tanto incómodo. C, que se había mantenido en sitio discreto, se acercó, se sentó en la silla cercana y le tomó la mano para hacer lo mismo que siempre: la besó y se acarició la mejilla. S pudo tenderle la otra mano y bromeó. – ¿Jugamos a la ronda?. – Chistoso. Me da gusto que bromees, quiere decir que estás mejor. – No te voy a engañar. No sé cuánto tiempo viviré, pero el que sea lo voy a ocupar para agradecerle a la vida que estás aquí, conmigo. ¿Te decepcionó tan pronto el Escritor?. – ¿Lo sabías?. – Todo – ¿Y por qué no me lo dijiste? – No hubiera jugado limpio. Tú lo admirabas y no sería yo el que te desilusionara. Siempre quise que no supieras muchas cosas, que fueras feliz a su lado. Lamento que lo hayas descubierto tan pronto. Si hubiera sido después, el tiempo a su lado hubiera sido feliz. Entiéndelo, siempre quise tu felicidad. Me hubiera gustado que fuera a mi lado, pero no tenía el físico de él, ni lo bohemio, ni lo dicharachero, ni lo audaz, ni el talento porque, de verdad, es un hombre talentoso para escribir. Quizá el haber encontrado a esa señora con tanta capacidad, lo volvió flojo y entonces trazaba las cosas con descuido, sabedor que ella lo corregiría. – ¿Y cómo sabes que fue lo de la correctora de estilo lo que me hizo dejarlo?. – Jovencita, lo mujeriego se lo conocías, su falta de capacidad de amar prolongadamente, también. Lo único que te hubiera decepcionado sería que no fuera el autor de los libros que tanto admirabas. Tú, más que amarlo, lo admirabas, admirabas quizá no tanto a la persona, sino al escritor, y al caerse el traje, él quedó al desnudo. Ahora confirmo que no lo amas, de lo contrario se lo hubieras perdonado. – Si sabías esa doble vida me lo hubieras dicho. – No me lo hubieras creído. Si alguien te lo hubiera dicho, quien sea, no lo hubieras aceptado. Tenías que saberlo por ti, enterarte en forma casual, y así creo que fue. C, te conozco muy bien. – Si me lo hubieras dicho me hubieras ahorrado la vergüenza… – No lo hubieras creído. Pensarías que te lo diría para que no te fueras. A la fuerza nada, señorita C. Además, la vida siempre es justa. En ocasiones se tarda, pero termina por poner a cada quien en su lugar. Eso lo deben saber los intrigosos y los malagradecidos; son ciegos, están enfermos. Pero dejemos el caso. Mira, en esta carpeta hay una carta que te pediré que la leas después. Aquí está un amplio poder para que te hagas cargo de la empresa. La única condición ya la conoces, no debes venderla ni despedir a los leales, y cuando quieras retirarte, lo que puede ser al día siguiente que tomes posesión, o fallezcas, la dejarás a los trabajadores. Para tus hijos, que ojalá los tengas, habrá trabajo en ella cuando estén en edad y demuestren aptitud y actitud, y si no quieren, recibirán un dinero para el resto de sus vidas. Nada me daría más gusto que alguno de ellos te sustituya al frente del negocio. Con el sueldo que se te asignará tendrás más que suficiente. La casa ya está a tu nombre. No me digas nada. Yo supe que regresarías algún día. Creí que pronto, pero no tanto y nadie mejor que tú para quedarte con la mansión. Un favor, lo que te darán por las obras del Escritor, purifícalo y conviértelo en un albergue para perritos y funda una escuela, donde estudien tus hijos. – ¿Por qué no dices nuestros hijos? – No nos engañemos. Eso es imposible y lo lamento, pero quiero que tengas hijos, si lo deseas. Te casarás y serás feliz. Lo del Escritor fue una equivocación. Él siempre prometerá que va a cambiar. Nunca la hará, su naturaleza le hace prometer lo que sabe que no podrá cumplir, pero así cree limpiar su conciencia. C, hermosa mía, mi niña, mi amor. La vida es muy generosa conmigo. Me dio la oportunidad de despedirme de tu mamá y de ti. – No digas eso, te ves mejor. Te recuperas muy rápido. – Eres hermosa -le dijo, al tiempo que le acarició el rostro- Con el cubrebocas tus ojos se ven más bellos. Toda tú eres especial. Tus manos tienen vida propia y crean y aman; tienen fisiatría. Mírame, me aliviaste al tocarme. Un favor, quítate el cubrebocas, un instante. Quiero verte, déjame que mis dedos te recorran, se posesionen de tus facciones, de tu luz, de tu libertad, de ti misma. Tu boca es tan sensual, armoniosa. Tienes un rostro tan de luminoso que entregas confianza. Nunca he sido tan feliz como en este momento. Vamos, abrázame y abrásame con tu calor, con tu sentimiento. Así, que este instante no tenga tiempo ni espacio, que sea eterno e infinito, que se quede en los dos, pero en ti, que sea de buena suerte para que encuentres la felicidad que te corresponde por ser como eres. Un momento –le dijo separándola para contemplarla. ¡Qué hermosa!. Mi niña, mi mujer por el tiempo que me dio la vida la oportunidad de demostrar que tenía capacidad de amar, y mira mi suerte, el amor me llegó, me despertó esa capacidad justamente contigo, con la mejor, C. Gracias, gracias, gracias por dejarme ser parte de ti, por darme tu cuerpo y, especialmente, tu alma. ¡Qué bella!. Quién apagó la luz. Préndela, por favor C, quiero verte… otra vez. Tus manos –Las tomó y las besó con infinita ternura. Cerró los ojos- Ya no es necesario que vuelva la luz, me basta con cerrar los ojos para mirarte. C, no llores, por favor, no ahora. Me quiero ir con tu sonrisa. Así, mi amor. Seca las lágrimas. Nada de llanto. El amor es felicidad, alegría, vida. C, C… Te amo… Le besó las manos y el rostro. Un gran esfuerzo para no romper en llanto. Se prometió no llorar. “Yo también te amo. Te amé desde nuestro primer encuentro. Descansa, descansa. Lo que dispusiste se cumplirá”… No hubo más. S se había ido. C le juntó las manos y lo besó en los labios, en la frente. Salió. No hubo necesidad de decir nada, su actitud lo decía todo, pero dejó caer: “S ya no podrá ir a cenar a casa, mamá; S ya no está con nosotros”. Abrazó a su madre y el doctor entró rápidamente al cuarto de terapia intensiva, sólo para comprobar lo que había dicho C. El médico no pudo contener el llanto, se recargó en la puerta. “No pude salvarlo. ¿Qué hice mal?”, se reprochaba. C sabía que lo que se hiciera terminaría en el mismo desenlace. “Perdimos un tiempo precioso…””. Puedes elegir si quieres agregarla a tu biografía. |
| Ignacio escribió: “Por la libre 2386 del 3 de mayo del 2020 Por Ignacio Cortés Morales 35- El final Por la tarde C llegó con su mamá y el doctor salió a su encuentro. – Señorita C, señora, mis respetos. El licenciado mejora. Pidió que le tomaran un dictado y dejó un poder. Enfermera, proporcióneles equipo a la señorita C y a su mamá. Después de un momento, las dos estaban listas para entrar. S dormita, pero al sentir la presencia de los visitantes, despertó. Quiso incorporarse, pero el doctor se lo impidió. “No hagamos locuras, licenciado. Vamos mejorando y mucho, pero no exageremos, ¿de acuerdo?. S sonrió, aceptando la medida. – Mira, vino mi mamá conmigo a saludarte. – Señora, perdone la facha. Me da vergüenza – dijo S queriendo arreglar un poco el cabello, hablando con alguna dificultad, con pausas – Pero señor, si se ve usted guapísimo. No sabe el gusto que me da saludarlo. Sabe el aprecio que se le tiene en su casa. – Gracias, señora. Yo también le estimo mucho. – Le esperamos pronto a cenar. – Así será, señora. Después de más cumplidos y demás detalles, S pidió que lo dejaran un momento con C. Pidió los documentos, se los entregaron. El doctor le pidió que no hiciera gran esfuerzo y que no podía tener una conversación por más de cinco minutos- No se apure, con eso tengo suficiente. Se hizo un silencio un tanto incómodo. C, que se había mantenido en sitio discreto, se acercó, se sentó en la silla cercana y le tomó la mano para hacer lo mismo que siempre: la besó y se acarició la mejilla. S pudo tenderle la otra mano y bromeó. – ¿Jugamos a la ronda?. – Chistoso. Me da gusto que bromees, quiere decir que estás mejor. – No te voy a engañar. No sé cuánto tiempo viviré, pero el que sea lo voy a ocupar para agradecerle a la vida que estás aquí, conmigo. ¿Te decepcionó tan pronto el Escritor?. – ¿Lo sabías?. – Todo – ¿Y por qué no me lo dijiste? – No hubiera jugado limpio. Tú lo admirabas y no sería yo el que te desilusionara. Siempre quise que no supieras muchas cosas, que fueras feliz a su lado. Lamento que lo hayas descubierto tan pronto. Si hubiera sido después, el tiempo a su lado hubiera sido feliz. Entiéndelo, siempre quise tu felicidad. Me hubiera gustado que fuera a mi lado, pero no tenía el físico de él, ni lo bohemio, ni lo dicharachero, ni lo audaz, ni el talento porque, de verdad, es un hombre talentoso para escribir. Quizá el haber encontrado a esa señora con tanta capacidad, lo volvió flojo y entonces trazaba las cosas con descuido, sabedor que ella lo corregiría. – ¿Y cómo sabes que fue lo de la correctora de estilo lo que me hizo dejarlo?. – Jovencita, lo mujeriego se lo conocías, su falta de capacidad de amar prolongadamente, también. Lo único que te hubiera decepcionado sería que no fuera el autor de los libros que tanto admirabas. Tú, más que amarlo, lo admirabas, admirabas quizá no tanto a la persona, sino al escritor, y al caerse el traje, él quedó al desnudo. Ahora confirmo que no lo amas, de lo contrario se lo hubieras perdonado. – Si sabías esa doble vida me lo hubieras dicho. – No me lo hubieras creído. Si alguien te lo hubiera dicho, quien sea, no lo hubieras aceptado. Tenías que saberlo por ti, enterarte en forma casual, y así creo que fue. C, te conozco muy bien. – Si me lo hubieras dicho me hubieras ahorrado la vergüenza… – No lo hubieras creído. Pensarías que te lo diría para que no te fueras. A la fuerza nada, señorita C. Además, la vida siempre es justa. En ocasiones se tarda, pero termina por poner a cada quien en su lugar. Eso lo deben saber los intrigosos y los malagradecidos; son ciegos, están enfermos. Pero dejemos el caso. Mira, en esta carpeta hay una carta que te pediré que la leas después. Aquí está un amplio poder para que te hagas cargo de la empresa. La única condición ya la conoces, no debes venderla ni despedir a los leales, y cuando quieras retirarte, lo que puede ser al día siguiente que tomes posesión, o fallezcas, la dejarás a los trabajadores. Para tus hijos, que ojalá los tengas, habrá trabajo en ella cuando estén en edad y demuestren aptitud y actitud, y si no quieren, recibirán un dinero para el resto de sus vidas. Nada me daría más gusto que alguno de ellos te sustituya al frente del negocio. Con el sueldo que se te asignará tendrás más que suficiente. La casa ya está a tu nombre. No me digas nada. Yo supe que regresarías algún día. Creí que pronto, pero no tanto y nadie mejor que tú para quedarte con la mansión. Un favor, lo que te darán por las obras del Escritor, purifícalo y conviértelo en un albergue para perritos y funda una escuela, donde estudien tus hijos. – ¿Por qué no dices nuestros hijos? – No nos engañemos. Eso es imposible y lo lamento, pero quiero que tengas hijos, si lo deseas. Te casarás y serás feliz. Lo del Escritor fue una equivocación. Él siempre prometerá que va a cambiar. Nunca la hará, su naturaleza le hace prometer lo que sabe que no podrá cumplir, pero así cree limpiar su conciencia. C, hermosa mía, mi niña, mi amor. La vida es muy generosa conmigo. Me dio la oportunidad de despedirme de tu mamá y de ti. – No digas eso, te ves mejor. Te recuperas muy rápido. – Eres hermosa -le dijo, al tiempo que le acarició el rostro- Con el cubrebocas tus ojos se ven más bellos. Toda tú eres especial. Tus manos tienen vida propia y crean y aman; tienen fisiatría. Mírame, me aliviaste al tocarme. Un favor, quítate el cubrebocas, un instante. Quiero verte, déjame que mis dedos te recorran, se posesionen de tus facciones, de tu luz, de tu libertad, de ti misma. Tu boca es tan sensual, armoniosa. Tienes un rostro tan de luminoso que entregas confianza. Nunca he sido tan feliz como en este momento. Vamos, abrázame y abrásame con tu calor, con tu sentimiento. Así, que este instante no tenga tiempo ni espacio, que sea eterno e infinito, que se quede en los dos, pero en ti, que sea de buena suerte para que encuentres la felicidad que te corresponde por ser como eres. Un momento –le dijo separándola para contemplarla. ¡Qué hermosa!. Mi niña, mi mujer por el tiempo que me dio la vida la oportunidad de demostrar que tenía capacidad de amar, y mira mi suerte, el amor me llegó, me despertó esa capacidad justamente contigo, con la mejor, C. Gracias, gracias, gracias por dejarme ser parte de ti, por darme tu cuerpo y, especialmente, tu alma. ¡Qué bella!. Quién apagó la luz. Préndela, por favor C, quiero verte… otra vez. Tus manos –Las tomó y las besó con infinita ternura. Cerró los ojos- Ya no es necesario que vuelva la luz, me basta con cerrar los ojos para mirarte. C, no llores, por favor, no ahora. Me quiero ir con tu sonrisa. Así, mi amor. Seca las lágrimas. Nada de llanto. El amor es felicidad, alegría, vida. C, C… Te amo… Le besó las manos y el rostro. Un gran esfuerzo para no romper en llanto. Se prometió no llorar. “Yo también te amo. Te amé desde nuestro primer encuentro. Descansa, descansa. Lo que dispusiste se cumplirá”… No hubo más. S se había ido. C le juntó las manos y lo besó en los labios, en la frente. Salió. No hubo necesidad de decir nada, su actitud lo decía todo, pero dejó caer: “S ya no podrá ir a cenar a casa, mamá; S ya no está con nosotros”. Abrazó a su madre y el doctor entró rápidamente al cuarto de terapia intensiva, sólo para comprobar lo que había dicho C. El médico no pudo contener el llanto, se recargó en la puerta. “No pude salvarlo. ¿Qué hice mal?”, se reprochaba. C sabía que lo que se hiciera terminaría en el mismo desenlace. “Perdimos un tiempo precioso…” |
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